Parte interior de la casa de CLAUDIO.
Sobre una antigua nevera verde descansa una lámpara, también antigua. Arriba de
la mesa hay dos libros, una Biblia sin pergamino, una gorra, un florero y una
muñeca. En la oscura habitación sólo penetran mareados rayos de sol. En una
esquina de la sala, dividida por una pared de sesenta pulgadas sobresale un
gabinete de pino, en la parte superior de éste hay varias carteras, zapatillas
y cosas de mujer. En la cama aparecen ISABEL y CLAUDIO abrazados. Lorenzo toca
la puerta, Isabel lo hace pasar.
CLAUDIO:
(Emocionado)
– ¡Cómo! ¿Qué brisa lo trae a usted por aquí, pensé que todos los amigos se
habían olvidado de mí. Cuéntame. ¿Cómo van los trabajos?
LORENZO:
–Todo va muy bien, CLAUDIO. No había podido
venir porque tengo mucho trabajo, pero usted sabe que puede contar conmigo.
CLAUDIO:
(Riendo) –Me alegra saber que usted tiene
mucho trabajo. Son muchos los que hoy quieren trabajar y no pueden. Yo sólo leo
y acaricio el vientre de ISABEL, esperando ese ingeniero que pronto nacerá
LORENZO:
...(Batallando con el recuerdo) Yo cuando
veo a Isabel embarazada nada más me llega a la mente Yaniret. Tantos planes que
hacía con ese hijo, ya hasta el nombre le había puesto. (Señalando a Isabel) así mismo se sentaba ella a acariciarse la
barriga.
CLAUDIO ignora a Lorenzo para no alargar
la conversación acerca de la difunta. Luego de una pausa breve, LORENZO se
distrae.
LORENZO:
– ¿Usted
no está trabajando, CLAUDIO?
CLAUDIO:
– Que voy a trabajar. Yo nací para vivir así,
me siento bien viendo al tiempo burlarse de los hombres.
LORENZO:
–Tiene
que trabajar; trate de hacer algo, un hombre no puede esperar su niño de brazos
cruzados. Debe tener dinero por lo menos para comprar las cosas más importantes.
ISABEL:
–Me dice una amiga que ya están cobrando en
los hospitales del Estado. Anoche soñaba que llegamos a la maternidad, no
teníamos dinero para pagar y ni siquiera nos dejaron entrar, tuve que amanecer
tirada en un pasillo. Ahí nació mi hijo. Imagínese usted que desastre. Después
de ese sueño no pude cerrar más los ojos (se
persigna) Ya una no tiene derecho a la creación.
LORENZO:
– ¡Ay
San Ramón! Ayúdala a salir con bien.
CLAUDIO:
(Riendo)
–Más católico que su abuela.
LORENZO:
–Que
va, eran cosas que ella decía y ahora yo las repito rutinariamente.
ISABEL:
–Voy a traerle un juguito, aunque sea caliente.
CLAUDIO:
–Está bien, tráelo así.
ISABEL:
(Con dos vasos de jugo) –Aquí tienen.
CLAUDIO
y LORENZO ponen los vasos sobre la mesa, ISABEL organiza las ropitas de su
niño.
LORENZO:
–Gracias, por el jugo ISABEL. CLAUDIO, ya
debemos irnos a investigar el asunto.
ISABEL:
–Por
qué se va tan pronto. CLAUDIO: –Venimos ahora, amor a mí se me estaba
olvidando. Tenemos que ir a investigar una cuestión allí.
ISABEL:
(Los lleva hasta la puerta) –No te vayas
a quedar. (Acariciándose el vientre)
Tu niño quiere estar contigo.
CLAUDIO:
–Está
bien, vengo de una vez. (Sale)
La escena oscurece. ISABEL está sentada en
la cama
ISABEL:
– ¡Ay qué
mal pensamiento me vino a la mente! No sé qué hacer, algo me dice que este embarazo
no va a salir bien. Así mismo estaba mi prima y a pesar de las oraciones de Tía
y los buenos consejos de las vecinas no tuvo éxito. (Batallando con el
recuerdo) mi prima me quería tanto, decía que íbamos a vivir juntas en una
misma casa, pero como las cosas de la vida son impredecibles; y después que una
se casa no cumple las promesas de la niñez, ya ven ustedes… es increíble,
muchas veces creo que está conmigo. Ella no tuvo un buen matrimonio. Su esposo
tomaba todas las noches y cuando llegaba borracho la trataba como a una
cualquiera. Entonces cuando logra separarse de él y conoce a Lorenzo, que la
quiere como a las niñas de sus ojos, ese hombre veía por los ojos de ella y
mira lo que le pasa.
Mi
esposo no toma, es el hombre más cariñoso del mundo. (Melancólica. Se para toma una flor, la huele y una alegría leve se nota
en su rostro) con verlo batiendo en el aire sus manos, la tierra atesora su
fruto. Sueña con una lluvia de madrugada y se humedece. No puedo estar ni un
minuto separada de mi amor. (Soñadora) siempre está limpio, como una fruta
regando su aroma sobre la desnudez de mi espalda. Es por eso que no quiero
morir, yo sé que él nunca va a encontrar otra que lo ame como yo. Presiento que
lo voy a dejar solo.
(Acariciándose el vientre) esta mañana me
quedé dormida y soñé en la finca de mi abuela, mi prima y yo estábamos buscando
guayabas, vestidas iguales. Se apenaba porque no podía estar conmigo “pronto
estaremos juntas cargando nuestros niños como verdaderas hermanitas” –dijo. La
lluvia tendía en el espacio sábanas grisáceas y su suave pelo arropaba nuestros
cuerpos. El guayabal se convirtió en una sabana cubierta de flores rosadas y,
en el lugar donde estábamos nosotras se iban colocando en forma de criptas,
alternando flores blancas y moradas. Caminamos un poco hacia el centro de la
sabana. Allí había un árbol con las hojas pequeñas, parecían secas. El árbol
tenía unas frutas negras del tamaño de un grano de café. Eran bastante dulces.
Yo arranqué una y me la llevé a la boca y ella comenzó a llorar.
(Nerviosa) “Mira como se le puso la boca
negra, eso fue lo que me sucedió a mí, odio esas malditas frutas” –dijo ella
muy preocupada. Mi prima jamás volvió a estar alegre como antes se quedó parada
como recordando algo. Me miraba con pena y me abrazaba. Miren como se me eriza
la piel. No sé lo que está pasando con mi vida. ¡Esto no es un sueño!
¡Entiéndanme! ¡Esto no es un sueño! Fue algo tan real como si lo estuviese
viendo ahora. Fue algo nunca visto, por eso se les hace difícil creerme. Yo
misma me preguntaba: “¿en este mundo puede haber algo tan hermoso? Además cómo
voy a andar con mi prima si ya ella está muerta” no voy a hablarle de esto a mi
esposo, él no va a querer dormir aquí.
Se escucha un gran estruendo. Voces y
gritos acompañados por la lluvia…puede ser cualquier ruido misterioso. ISABEL
mira al techo, después de varios minutos dando vueltas atormentada sale
corriendo desesperadamente como si el ruido la estuviera persiguiendo. La
escena permanece en penumbra y una mujer vestida de blanco, la cual sólo
muestra su lívido rostro, se pasea por el escenario. El ruido continúa y la
mujer permanece en silencio. Entran CLAUDIO y LORENZO, la mujer acaricia la
espalda de LORENZO. Ellos no la ven, pero se quedan pasmados, parece que están
sintiendo algo.
LORENZO:
–Yo no sé pero aquí anda algo raro. Hay un perfume
que me trae muchos recuerdos. Debo irme antes que se haga más tarde. No puedo
contenerme, me tiemblan las rodillas. (Mostrándole
las rodillas) Mira CLAUDIO para que después no digas que yo estaba
inventando. Yo no creo en nada. Pero aquí algo anda mal y es ahora, porque
cuando yo llegué no lo sentí. Una vez fui a dormir donde un hermano mío que
vive en el pueblo, antes yo dormía en su casa y nunca sentía nada extraño, pero
esa noche no pude dormir. La noche se tornó tan agresiva que lanzó todas las mazorcas
de cacao sobre el techo. Cuando mi hermano vio que yo estaba tan asustado se
levantó para ver qué sucedía y cuando me vio sudando del miedo me dijo:
“cobarde te ves transformado deja tu miedo, ese ruido siempre lo hacen las
hojas de cacao cayendo con la brisa. Me quedé callado. Esto me hacía sentir más
asustado, así pude confirmar lo que sucedía. “Las hojas de cacao no caen con
tanta fuerza” –Pensé. Aunque siempre ignoré aquellas cosas que inventaba mi
abuela: “que los muertos asaban yuca en el arroyo y se bañaban en las hojas de
anamú; que el difunto Federico cruzó a su esposa del río en un caballo y luego
se desapareció; que un niño lloraba en la cascada “La Leonora” cuando pasaban
los hombres y una mujer desnuda los seguía…” Esa noche me sentí tan extraño que
no sabía dónde estaba.
CLAUDIO:
– (Incómodo) Siempre creí que el cobarde
era yo, ustedes mismos me lo reprochaban, ahora es usted quien se está
comportando como un verdadero cobarde, contándome sus pusilánimes acciones. (Pausa) Excúseme LORENZO ¿Por qué usted
recuerda todo esto precisamente en este momento?
LORENZO:
–La noche que aquellas cosas sucedieron murió
el esposo de mi tía. Él era muy bueno conmigo, me contaba historias y jugábamos
mucho. Cuando yo estaba en la escuela, siempre nos encontrábamos en el camino.
A esa hora él daba de beber al ganado. Un día iba cruzando el arroyo y uno de
sus toros se estaba hundiendo en el lodo, mientras él luchaba por liberarlo. Le
dije: “Súbase tío”, se enfadó tanto que tomó una piedra y gritó: “súbete tú,
hijo de la gran puta”. Estos muchachos del carajo les salen con cosas a uno que
hasta Dios las ve”. –Para no seguirle cansando con el cuento…
CLAUDIO:
–Sí,
porque como cuentista usted se muere de hambre.
LORENZO:
–Deje
la broma que esto es en serio… Pues como le iba contando, el tío no cambió
conmigo. Siguió pidiéndome que le escribiera cartas cada vez que le gustaba una
jovencita. –Porque se enamoraba como un caballo –, sin embargo, yo no me
descuidaba de él, le había dicho a mi hermano: “Esa no se la despinta nadie”.
Cuando lo vi sobre la mesa dentro del ataúd, en medio de la tristeza pensé:
“Bueno, alguien tenía que salvarme de ese castigo”. Ese mismo ambiente; el
ruido, el perfume que sentí aquella noche en la casa de mi tía es lo que siento
ahora. Doña Inmaculada dice: “Si sueñas con pescado, dientes o carne, busque
que alguien se va para el otro lado”. Fue por eso que vine a este lugar donde
anoche soñé tantas cosas. Cada vez que cerraba los ojos veía esta misma casa y
los perros no dejaron de gritar hasta el amanecer. Cuando ya estaba cansado de
las pesadillas, quería ver el alba hiriendo la noche. Me senté en la sala y
empecé a leer. Terminé una novela de Arthur Hailey sin darme cuenta. OVERLOAD,
usted debe conocerla, poeta.
CLAUDIO:
–Claro que sí. Un puro disparate.
LORENZO:
–Pedro Páramo y La Divina Comedia, los encerré
en una caja y le puse un letrero NO LEER DE NOCHE.
CLAUDIO:
–Bueno,
ahora el supersticioso es usted.
LORENZO:
–El menos indicado para decir eso es usted. No
se acuerda que yo era quien lo cruzaba del arroyo y luego volvía solito para mi
casa, después de haber escuchado los cuentos de difunto que hacía su abuela.
Hay cosas que pueden cambiar totalmente nuestras vidas. Mire, si yo le sigo
contando usted se vuelve loco. (Mostrándole
la habitación) ¿Usted no se ha dado cuenta de que estamos rodeados de
flores blancas y moradas?
CLAUDIO:
(Nervioso)
–No ¡Cállese, LORENZO, por favor!
LORENZO:
– ¿Tampoco
ve ese paraíso de árboles florecidos?
CLAUDIO:
(Casi
temblando de miedo) –No. ¿Usted quiere que me dé un infarto? ¿De qué color
son esas malditas flores?
LORENZO:
–Tal vez usted no la ve, porque el que está
haciendo esto sabe que usted no soportaría verlas.
CLAUDIO:
–Todos
estamos limitados. –Como dice el poeta. Sólo vemos la mitad de la esfera. No
somos capaces de unir esas dos mitades, por eso siempre seremos infelices,
caeremos de hinojos ante aquellos, que ignorando todas las cosas de las cuales
usted y yo estamos hablando, se han enseñoreado del mundo. ¿Sabe qué yo puedo
ver en todo esto…?
LORENZO:
– ¿Qué?
CLAUDIO:
–Todos
los colores que ha mencionado eran los favoritos de su esposa Yaniret.
LORENZO:
(Asustado)
– ¿De qué está usted hablando? ¿Qué quiere decir con eso?
CLAUDIO:
–Lo
que usted ha escuchado, amigo Loy. ¿Por qué se ha puesto usted así?
LORENZO:
(Permanece de rodillas como haciendo una
oración. Casi no le salen las palabras) –El fuego que daba calor a su
vientre, era mi única creación. CLAUDIO: –Eso lo sé, pero qué opina usted al
respecto.
LORENZO:
– ¿Quién
destruyó la obra que con tanto esmero construí? ¿Dónde guardaba la muerte su
aguijón aquella noche salpicada de estrellas?
Aparece de nuevo Yaniret cruzando
lentamente por el escenario, la única luz que hay en la escena, es la de una
vela que ella lleva en un platillo. CLAUDIO al verla se desmaya. Trata de
pararse, pero no puede. Ella y LORENZO se contemplan mutuamente. Las piernas de
LORENZO tiemblan como dos hojas envueltas en la agresividad del viento.
LORENZO:
–Sé
que te amé perdidamente. Que unimos nuestros cuerpos para iluminar los lugares
más oscuros de este mundo, que aunque maldecimos cada día y nunca queremos
alejarnos de él, pero tú debes entender que ya jamás volveremos a estar juntos.
Alguien abusó de nuestras debilidades, para mantenernos separados para siempre.
CLAUDIO sigue desmayado. LORENZO va a
levantarlo, escucha la voz de la prima y cae.
VOZ DE YANIRET:
–Busco un amor tras la sombra de aquel que
divide los amantes. Su poder es limitado. No puede sepultar en su poderío a ese
que inventa huracanes bajo la lluvia, que cae sobre las torres separadas por el
temblor de su sexo florecido, que como una alfombra vibrante tendió mi cuerpo
sobre las flores de amapola y confundió las lenguas en el arroyo de su
silencio. Sé que estás ahí, navegando en las aguas de la ceguera infligida por
su rostro. Es por eso que ahora soy espanto, misterio, un ser transformado, un
ángel que perdió sus alas en las garras del tiempo y descendió a un mundo
hostil al calor de tus brazos. Aún sigo respirando el olor de tus besos
ardorosos esparcirse por campos y ciudades, quemando al lívido penitente que
busca el perfume natural de tu cuerpo silencioso. Añoro tus labios dilatándose
en los pezones enaltecidos de estos néctares florales. Quiero que sepas que soy
una montaña petrificada con rocas de oro y diamante. Estoy segura de que no
eres culpable de nada. Sigo siendo la beldad que condena tus deseos a buscar
mis caricias cada noche, pero estamos separados por una pared de misterio y
oscuridad. ¡Aquí estoy envuelta en el lodo de la desesperación! Quemándome en
el fuego fantasmal de tu ausencia. ¡Corre, me quemo en el magma de la soledad!
Cuando te alejas de mí, aunque tus lágrimas seminales caen sobre mis pies,
caigo en la angustiada oscuridad que separa nuestras voces y se marchita mi
existir.
Telón rápido
Se ilumina el proscenio con el TELÓN
cerrado, el cual se abrirá lentamente, comienza a iluminarse la escena. Hay una
mesita con velas encendidas, aparecen CLAUDIO y LORENZO sentados, sus rostros
están invadidos por la confusión.
LORENZO:
– ¿Qué
hora es?
CLAUDIO:
–Son
las dos.
LORENZO:
– ¡Cómo!
¿Yo no fui al trabajo hoy?
CLAUDIO:
–Hoy es domingo, LORENZO.
LORENZO:
– ¿Entonces
no era un sueño? ¿YANIRET habló con nosotros personalmente?
CLAUDIO:
–Claro
que sí. ¿Usted creyó que era un sueño? Ustedes están tan acostumbrados a los
sueños que ya los hacen despiertos. Vino y le dijo todo lo que siente por
usted.
LORENZO:
– ¿Cómo,
si ella está muerta?
CLAUDIO:
–Usted
debe tener bien claro que ya no existe un Aqueronte que nos divida. A veces
estoy tan confundido que no entiendo de qué lado estoy.
LORENZO:
–Pero yo todavía no entiendo cómo puede
YANIRET pedirme que la ame si estamos en dos mundos diferentes (Reflexivo) para mí que fue usted quien
me transmitió su don, yo no soy un cobarde, se lo reitero, pero si puede
librarme de eso ayúdeme por favor. Esto es muy complejo para mí.
CLAUDIO:
– ¿Qué
le hace pensar que yo le haya transmitido algo? Dicen que pisándome el mayor
dedo de los pies uno puede compartir las visiones con sus compañeros, aunque lo
he intentado, nunca me ha dado resultado, de modo que no es culpa mía lo que
hoy le sucede.
LORENZO:
–Usted
es mi mejor amigo, se lo digo de todo corazón, pero si sigue jugando con esas
cosas vamos a salir enemigos. Para no tener que ofenderle, mejor me voy de esta
casa.
Mientras LORENZO intenta salir se apagan
las luces, YANIRET lo toma contra su pecho, LORENZO cae de espalda, ella se
acuesta sobre él como si estuviera excitada, -la actriz debe hacerlo con
estética-. Se levanta eufórica y LORENZO queda tendido.
YANIRET:
–En el
viaje de los seres que no ven más allá de lo palpable se embriaga de
inmortalidad. Infunde en la muerte fragmentos de vida. Bebe en la copa donde
nacen los dioses, donde ellos hacen resplandecer los frutos de la eternidad.
Las dos mitades del tiempo se unifican, se revelan los misterios y el temor se
disuelve en el mar de lo invencible. Es tiempo de depositar el temor en los
brazos del pasado, de vivir como dioses, fundiendo bien y mal en nuestras
fuerzas.
Sale YANIRET. CLAUDIO que dormía sentado,
mientras todo esto ocurría se levanta, queda parado en el centro del escenario.
Cuando se encienden las luces toma de la mesita: una cruz de fósforo, tres
granos de ajo morado y un vaso con agua y hojas extrañas, se dirige hacia
LORENZO, coloca el ajo y la cruz de fósforo sobre el pecho de LORENZO, mientras
lava la cara con el brebaje. LORENZO se levanta asustado.
LORENZO:
– ¡Hechicero! ¡Hechicero! ¡Hechicero!... Me
voy de su casa, aquí no volveré jamás.
CLAUDIO lo persigue, pero no lo puede
alcanzar. Al devolverse ISABEL lo espera en la puerta. Él cambia totalmente de
actitud, para que ella no se dé cuenta de lo que ha sucedido.
CLAUDIO:
– ¿Dónde estabas, amor?
ISABEL:
(Desanimada) –Fui donde mami, quería
dormir un poco y no me sentía bien aquí. Tenía mucho calor y, como tú saliste… (Transición) Por eso es que no me gusta
que salgas con tus amigos, parece que ya LORENZO también se ha corrompido. Él
sabe mucho, con razón no me esperó aquí. (Husmeando)
No puedo soportar el olor a perfume de mujer. Yo no te prohíbo nada, pero debes
ser más discreto. Por favor, respétame.
CLAUDIO:
– ¿De
qué estás hablando?
ISABEL:
–No te
hagas el tonto ¿Puedes explicarme dónde encontraste perfume de mujer?
CLAUDIO:
–Esas son imaginaciones de mujer embarazada
(husmea) a mí no me llega ese olor. (Percibe
el olor y cambia de actitud) Sabes, debemos hacer un esfuerzo para mudarnos
de esta casa. El niño no puede nacer aquí.
ISABEL:
–No
digas disparates. El que tiene que dejar de estar buscando mujeres en la calle
eres tú. ¿Por qué el niño no puede nacer aquí?
CLAUDIO:
–No me
juzgues, por favor, este aroma de mujer es algo misterioso. LORENZO se fue
enfermo, vino por dos horas y casi se muere.
ISABEL:
(Acariciándole el pelo) –Ya, dejemos el
tema estoy segura de que todo estará bien.
Se escuchan pasos en el patio. Un hondo
silencio invade la escena. ISABEL y CLAUDIO se miran a los ojos. Tocan la
puerta, ISABEL va a abrir. Cuando abre la puerta aparece LORENZO, con un ademán
le pide que haga silencio, entra y le da una palmadita a CLAUDIO, que tiene el
rostro sobre la mesa. Se abrazan, como perdonándose mutuamente. LORENZO le
entrega un libro. CLAUDIO lo toma con una sonrisa, como si viera un libro que
ha releído. Se sientan. ISABEL los observa alegremente, pide permiso y va a la
cocina.
CLAUDIO:
–Yo pensaba que usted no iba a volver por aquí
jamás.
Entra ISABEL con dos vasos de jugo, los
pone sobre la mesa y sale en silencio.
LORENZO:
–He
comprendido todo. Reflexioné sobre el mensaje de YANIRET y eso me hizo
investigar acerca de la complejidad de la existencia. Sólo vine a traerle ese
libro, tengo que irme a trabajar.
CLAUDIO:
(Riendo)
– ¿Qué bueno que lo entendió? Yo también lo había entendido.
LORENZO:
–Precisamente,
anoche me preguntaba cómo usted no comprendía esto. (Se abrazan fuertemente
como dos científicos que han hecho el más grande de los descubrimientos)
CLAUDIO:
–Seguiremos
leyendo, Loy.
LORENZO:
–Claro que sí. Quisiera estar con ustedes al nacer el niño,
pero tengo que viajar, usted sabe, cuestiones de negocio. Pórtese bien.
CLAUDIO:
–Le
deseo que le vaya bien en su negocio. LORENZO:
–Muchas
gracias, espero que ustedes también salgan sin problemas.
LORENZO se despide y sale de escena.
CLAUDIO:
(Leyendo) –Cuando tocamos insistentemente
las puestas del miedo ahí está ella envolviendo en su sombra la alegría. ¿No
han entendido que ella es sólo nombre? ¿Por qué temer al nombre de un fenómeno
que ocurre en nosotros como en cualquier otro elemento de la naturaleza? Así
como entendemos el ciclo del agua, los movimientos de la tierra… podemos
entender algo tan sencillo como aquello. He decidido deshacer al temor para ir
más allá de lo palpable y descifrar este mensaje. No es ni siquiera un viaje,
es un fenómeno explicable por la ciencia, pero escondido en la inocencia.
Sabemos que alguien ha llamado día a la luz y noche a la tiniebla. Muchos lo
han entendido así, tan simple como se oye, pero otros entendieron por qué
existe ese período oscuro y fueron capaces de inventar un dispositivo que lo
ilumine. ¿No somos capaces de descubrir aquello que transforma cuerpos? ¿Por
qué existen otros que en sus sueños quieren acortar la inexistencia?
Sale CLAUDIO. La escena se oscurece
lentamente, hasta quedar en penumbra. Aparece YANIRET.
YANIRET:
–Envuelta
en los sueños, he venido a los ojos de la confusión. Sí, soy esa sombra
dibujada por los sueños. La que LORENZO dibuja en la pared cuando la noche trae
en sus hombros las hazañas de la imaginación. Aquella que sentada en los
cabellos ausentes de Sansón, hizo danzar sobre los cuerpos las paredes.
Las luces están apagadas. Un ambiente de
madrugada invade la escena. ISABEL aparece dormida con una pierna sobre el
cuerpo de CLAUDIO, esto hace que la escena parezca un poco erótica –es sólo
parte de la costumbre que tienen algunas mujeres de dormir con las piernas
sobre su marido. – ISABEL despierta de súbito, revisa todo el cuarto con
lívidas miradas. Completamente confundida, se pasa la mano por la cara como
quitando de ella el misterio que ofusca todo el ambiente.
ISABEL:
–Dios mío, y qué es lo que me está pasando. Ni
yo misma entiendo en qué lugar estoy. (Despertando
a CLAUDIO) CLAUDIO, CLAUDIO, Por favor no te hagas el dormido.
CLAUDIO:
– ¿Qué pasó?
ISABEL:
–Es mejor no decirte nada, estoy segura de que
no lo vas a creer. CLAUDIO: (con sueño) –¿Un sueño verdad? No sé hasta dónde
vamos a llegar con los malditos sueños. Será el hambre que no deja dormir a la
gente. ISABEL: –No. No fue un sueño. Te juro que no era un sueño. Escúchame,
por favor.
CLAUDIO:
– ¿Y
entonces qué es? Dime.
ISABEL:
– ¿Tú te acuerdas…?
CLAUDIO:
– ¿De
qué?
ISABEL:
– ¿De aquella casa solitaria que vimos cuando
nos perdimos en la montaña?
CLAUDIO:
– ¿En
Yamasá?
ISABEL:
–Sí.
CLAUDIO:
–No
quiero acordarme de esa casa. Me da pesadillas.
ISABEL:
–El pilón, los pasos de la lluvia sobre las
hojas, los cantos de los gallos, el desesperado vuelo de las gallinas. Los
murciélagos volando alrededor de nuestros cuerpos cuando intentamos abrir la
puerta. Los dos ancianos dormidos acariciados por ratones…, eso mismo fue lo
que vi. Ahí estaba yo solita. Andaba contigo, fui a buscar chinola, tú me
dijiste que no saliera, que podía perderme, pero de todos modos salí. Cuando
regresé ya tú no estabas ahí, sólo estaba tu ropa. Allí también había una
mariposa con tu nombre inscrito en una de las alas.
CLAUDIO:
– (Asustado) Puedes hacerme el favor de
callarte.
ISABEL:
–No.
No puedo callar algo tan horrible. Si te sigo contando cosas, sales huyendo de
aquí.
CLAUDIO:
–Pues
entonces no sigas.
ISABEL:
–Aun
estando despierta, esas imágenes se quedaron en mi vista.
Seguía
viendo ese extraño paisaje. Se alejó de mi vista cuando tú despertaste.
Mientras me encontraba en aquella casa se escuchaban gritos y mujeres cantando
y rezando. Donde estaba la mariposa con tu nombre. No se podía soportar un
extraño olor a flores. Jamás quisiera visitar esos lúgubres lugares. Los
ancianos que dormían sobre las secas hojas de plátano eran tan extraños que no
quiero recordarlos.
CLAUDIO:
–Son objetos de la naturaleza, no sé por qué
te pones así. Tú no dices que Dios puso al hombre sobre todas las cosas
creadas. Ahora ¿Por qué le temes?
ISABEL:
–Entiéndeme,
esas cosas no eran naturales.
CLAUDIO:
–Cuando
la oscuridad tiende sus brazos sobre el paisaje, los hombres le temen, pero
cuando llega la luz pierden el temor.
ISABEL:
– ¿Y
la mariposa? ¿De dónde salió esa mariposa?
CLAUDIO:
–Cuando
yo era niño jugaba con las mariposas, aunque dañaban las naranjas, nadie las
mataba, ahora tú quieres hacer un mito con una simple mariposa.
ISABEL:
–No
era una simple mariposa, tenía el tamaño de un halcón, supe que era una
mariposa por su forma, no por su tamaño. ¿Y por qué tenía que llevar tu nombre
inscrito?
CLAUDIO:
–Quizás un niño con ese mismo nombre la tomó
para jugar y escribió su nombre en una de sus alas. No hay que ahogarse en una
gota de agua.
ISABEL:
–Tú
jugabas con mariposas normales. Aquella no era normal. Si tú la vez ahora mismo
sales huyendo. Sé que no vas a soportar. Las letras de tu nombre cambiaban de
color.
CLAUDIO:
–Como
los letreros de la ciudad, ¿por qué debo de temer a un letrero de neón?
ISABEL:
–Ya deja de jugar. Estoy hablando de un
letrero en las alas de una mariposa. Siento que algo grande va a suceder.
CLAUDIO:
(Reflexionando)
– ¿Por qué esa maldita mariposa llevaba mi nombre en sus alas? (Con saña) Si la
veo le quito las alas. La convierto en un miserable gusano.
ISABEL:
– ¿Cómo
la vas a ver si era un sueño?
CLAUDIO:
–Bueno,
pues si era un sueño, que no se hable más de mariposas.
La escena se va oscureciendo lentamente,
CLAUDIO La abraza y se acuestan. Quedan de la misma forma que estaban al
principio de la escena.
OSCURO
En el mismo lugar un poco más tarde.
ISABEL y CLAUDIO están los dos sentados. CLAUDIO le acaricia el vientre, trata
de imitar la voz del niño, le dice algo. ISABEL lo abraza emocionada
ISABEL:
–Ay, mi amor, yo pensaba que tú no lo querías.
CLAUDIO: –Claro que lo quiero ¿no es mi hijo? Tú no puedes decir eso, porque me
paso los días hablándole a esa criatura. ISABEL: –Es que tú eres tan seco con
él (soñadora) cuando ese niño comience a decir papá, yo me imagino cómo te
sentirás.
CLUDIO:
(Besándola)
–Pronto llegará ese momento. Yo no soy adusto con el niño ni contigo, lo que
sucede es que tú quieres estar siempre conmigo y yo necesito salir a hacer las
diligencia (Se queda mirándola
detenidamente , le acaricia el pelo) ven acá, ¿ y qué fue lo que te sucedió
esta madrugada?
ISABEL:
–Yo no
terminé de contarte, pero no hablemos de ese asunto, por favor.
CLAUDIO:
–Termina,
sígueme contando.
ISABEL:
–Para
morirte de miedo. Es mejor que nos olvidemos de todo lo sucedido y empecemos
una nueva vida.
CLAUDIO:
–No, ya no importa. Es que tú despiertas a uno
de madrugada con esas locuras…cualquiera se asusta.
ISABEL:
(Riendo)
–aprensivo, yo sabía que tú tenías miedo.
CLAUDIO:
–Tú
también. Hazme el cuento ya, aprovéchame ahora que quiero escuchar tus
nimiedades. ISABEL: –Sin ofensas, negro (hay
una pequeña pausa, ISABEL se prepara sicológicamente para contar el sueño)…cuando
salí de la casa solitaria me senté sobre una piedra grande, mi mirada se perdía
en una extensa sabana cultivada de plantas ornamentales, las cuales estaban
todas a una misma altura, como si un batallón de jardineros hubiesen acabado de
podarlas. Yo observaba detenidamente aquel enorme jardín, dividido por el río
más bello que ha existido. Tú estabas del otro lado. Ambos llorábamos,
queríamos estar juntos, pero ninguno podía cruzar el río. Muchas personas
querían cruzar para estar con sus familiares, pero tampoco podían lograrlo. Del
lado que yo estaba había personas que yo conocía. En el mismo sueño pude
recordar que todos habían muerto, eso me provocó una tremenda pesadilla.
CLAUDIO:
(Que escuchaba atentamente a ISABEL) – ¿Ya
terminaste? Ese si no me gustó para nada.
ISABEL:
–A mí
tampoco me gustó.
CLAUDIO:
(Triste) –Me recuerda esos viejos cuentos
que hacía mi abuela para dormirnos y cuando dormíamos no soportábamos las pesadillas.
ISABEL: (Lo besa) –Ya, mi amor. No te preocupes, es sólo un sueño.
CLAUDIO:
–Anoche
cuando estaba a punto de dormirme, una voz me dijo al oído: “lleva esa mujer al
hospital”, cuando miré asustado tú estabas bien.
SABEL:
– ¿Cómo,
hablas en serio?
CLAUDIO:
–Claro
que sí. Me quería dar pesadilla y me senté en la cama.
ISABEL:
–Bueno,
nada de hospital. Tengo un dinerito ahorrado y es para comprar tu ropa de
navidad.
CLAUDIO:
–Pero
ahí hay ropa que yo ni siquiera me pongo.
ISABEL:
–Esa
ropa está muy vieja. Después que nos casamos no has comprado nada nuevo. “Año
nuevo, ropa nueva”.
CLAUDIO:
–Esa
frase me recuerda los años de la primaria. Todos cambiábamos las mochilas y los
uniformes. Pero debes saber que tu salud va primero.
ISABEL:
(Le da
el dinero) –Tú compras la ropa, que lo demás aparece después. Me parece
verte con esa ropa nueva. (Romántica) zapatos negros, pantalón negro, camisa
crema. El verdadero hombre que yo conocí. No enamores a las jovencitas, galán.
CLAUDIO:
– ¿Qué
te sucede?
ISABEL:
–Nos
conocemos. Sé que quisieras estar con alguien que se vea mejor (mira hacia su vientre)…ya vete a comprar
la ropa.
CLAUDIO:
– ¿Dónde
voy a comprarla?
ISABEL:
–No me importa donde vayas. Sólo sé que tienes
que comprar algo nuevo para esta noche. Quiero que luzcas impecable. ¿Qué tal
un traje blanco?
CLAUDIO:
– ¿Por qué no te callas, mujer? Siempre te he
dicho que no me gusta vestir de blanco y mucho menos en navidad. Si no quieres
que te devuelva tu dinero, no me sigas haciendo tus estúpidas propuestas.
ISABEL:
(Tratando de convencerlo) –Es sólo por
esta noche. Tal vez sea la última que pases conmigo. Quiero que hoy te veas
bien aunque yo esté muerta.
CLAUDIO:
–Pero
cómo se te ocurre que yo vista de blanco un día de navidad. Y no quiero volver
a oírte hablar de muerte en esta casa. ISABEL: (Soñadora) –Negro con verde te queda hermosísimo. Eso me recuerda la
noche que nos casamos. (Cambiando de
actitud) no, no quiero recordar ese color. Sabes, no puedo olvidar ese
sueño. Aquella verde madrugada arropando el cementerio. Todavía no comprendo
cómo un río puede dividir dos ciudades tan hermosas construidas en un
cementerio. Es difícil soportarlo, ver las personas que tanto quise y no poder
estar junto a ellas.
CLAUDIO:
–Por
favor, no sigas con los horribles sueños, ya no tengo otra forma de decirte que
estoy cansado de escuchar tus pesadillas.
ISABEL:
–Deberías
de escucharme, porque siento que no vamos a pasar otro día junto, las nubes en
el cielo se regocijan esperando mi llegada. Todo está diferente, este parece mi
último día en la tierra. Además, no era una pesadilla, quería seguir observando
aquel hermoso paisaje, un río tan tranquilo y obediente que no arrastraba ni
una hoja. Su único papel era dividir las dos ciudades.
CLAUDIO:
–Pero
tú acabas de decir que no quieres recordar esos colores. ISABEL: –Ahora porque
sé que aquel paraíso no era real.
CLAUDIO:
– (Riendo) Bueno, nos mudaremos para allá. (Observa a ISABEL que se está cayendo de la
silla. La escena va oscureciendo lentamente) ¿Qué te sucede? Luces
totalmente diferente. Has cambiado de color.
ISABEL:
(Sin ánimo) –Tú estabas bromeando, nunca
pensaste que esto era en serio siento que algo me traslada al lugar que vi
anoche. Qué lástima que no puedes venir conmigo. Te amo CLAUDIO.
CLAUDIO:
(Casi
llorando) –Estás alucinando, ya te vas, te dije que dejaras los malditos
sueños tranquilos. Has dejado de existir. El tiempo acaba de agonizar en tu
nombre, volverá a ser eterna después del viaje. No temas. Te has liberado de
minutos y de sueños.
Se
escucha música, ISABEL se agarra el vientre desesperadamente. Queda totalmente
desmayada, no puede caminar, agarra la mano derecha de CLAUDIO, no lo quiere
soltar, él se la lleva en los brazos. La escena se torna oscura. Luego aparecen
ISABEL y YANIRET paseándose por el escenario cada una con su niño en los
brazos. Se miran emocionadamente y se muestran los niños con alegría.
TELÓN
Hermes De Paula
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