Tuesday, February 21, 2012

HERIDA DE AMOR


Al abrirse el telón aparecen Cándida y Carlos sentados en la cama. Es de noche, hay objetos muy propios de una habitación de personas que no son ricas, pero viven cómodamente gracias a sus esfuerzos. Se escucha una noticia.
NOTICIA EN LA RADIO.
–Una alarmante situación atemoriza a las mujeres de Santo Domingo. Seis víctimas han sido encontradas en la Zona Colonial, La policía no ha podido determinar la procedencia de esta ola de crímenes. Espere más información en nuestra próxima emisión... Continuamos con nuestra programación.
Música, entra Cándida.
CÁNDIDA.
–En esta casa la unión es solamente en el día. Mientras yo duermo hasta las dos de la tarde, tú estás en el taller y cuando llegas te metes en la cocina. Yo vivo muy cómoda y tu siempre tratas de que yo no tenga que hacer nada, eso lo sé. Pero en realidad no entiendo para qué nos casamos.
CARLOS.
– (Frívolo) mi amor, es que con verte me conformo. ¿Qué más necesito de ti? Siempre te dije que quería casarme contigo para tenerte como una reina, tú estuviste de acuerdo conmigo hasta que nos casamos. Ahora estamos aquí. Eres la reina más bella que ha existido... no te preocupes por nada, yo para ti lo tengo todo. Lo que quieras te daré.
CÁNDIDA.
–Eso lo entiendo, pero cuando vuelva al campo no quiero seguir escuchando a tu madre con sus vulgaridades.
CARLOS.
(Confundido) – ¡Cuidado! Tú sabes que te quiero mucho, pero no llames vulgar a la doña. Debes saber el valor que tiene una madre para sus hijos.
CÁNDIDA.
– ¿Qué quieres que haga? En verdad no sé cómo llamarla. A todas las vecinas les dice: “Lo de ese muchacho no es limpio, parece que le dieron a beber algo pa’ que se amanse. Yo nunca he visto un hombre que se deje gobernar de una mujercita como esa. Es que se muere por esa boca de chancleta. Después que se casó con ella no se acuerda de que yo existo. Una buena madre debe de estar por encima de todo. La mujer se consigue dondequiera, pero madre es una sola”.
CARLOS.
(Ríe fríamente) –Lo de mujercita no estaría bien, pero en parte quizás ella tenga razón
CÁNDIDA.
–Mira, Carlos, la situación es bastante difícil. Tu madre está así porque no le has contado tus problemas. ¡Sé valiente! Llámala, para que sea ella la que te explique la importancia del sexo en un matrimonio. Tú y yo no somos hermanos. Yo soy tu esposa. (Se quita los botones de la camisa y se va acercando suavemente a su marido.) Toca mi piel y verás el fuego escapar de mis manos y volver hacia ti. (En tono poético) desflora en el calor de mi falda la inocencia. Haz que mis gemidos desgarren el hilo ardiente de tu silencio... soy una caja de sexos petrificados en tu ausencia. Exalta mis instintos de mujer. Deshójame en el calor de tu virilidad.
CARLOS.
–Mujer, deja tu desesperación. No me gusta verte preocupada. No estás sola, estás aquí conmigo. Siempre estoy dispuesto a escucharte. No creo que haya motivo para estar así.
CÁNDIDA.
(Enojada)
–Sí, los hay. Tienes que reconocer que algo me falta. No eres un niño... (pausa) soy esa que vaga incansable por los caminos del deseo.
CARLOS.
–Ya esos lamentos tuyos me tienen cansado. ¿Qué quieres que haga? No puedo hacer más de lo que estoy haciendo. (Pausa. Toma su chaqueta.) Hablaremos más tarde, voy a ver que están haciendo los muchachos. Te prometo que vengo temprano esta noche.
CÁNDIDA.
(Desanimada) –Adiós.
CARLOS.
(Nota la sequedad de Cándida y se devuelve. Le da un beso en la mejilla. Ella lo abraza, no lo quiere soltar. Lo besa agresivamente. Él se suelta.) Me tengo que ir. Regreso ahora.
Cándida queda totalmente excitada. Se nota una sensación en su rostro, como si satisficiera su necesidad entre movimientos y gemidos voluptuosos.
CÁNDIDA.
(Sola) ven, quiero que te deshagas en el calor de esta flor tocada por los rayos invisibles de Júpiter. Soy esa Semele que quiere sucumbir ante la furia voluptuosa de tus rayos. Sentir el sol hundirse en la humedad de mis piernas.
Empieza a dar vueltas como si se mirara en el espejo, mientras se peina y hace movimientos sensuales.
CÁNDIDA.
(Transición) Yo no necesito otro hombre, lo ayudaré a él, sólo le falta energía y yo lo voy a llenar de ella. Lo llevaré desnudo a los brazos de Proserpina. Haré que mi flor olorosa riegue perfume sobre su pecho y, su piel se ate a la furia de mis deseos. Deshojaré en el aire las flores de espuma que brotan de sus impulsos helados en el tiempo. Mis signos femeninos adornarán sus noches.

Oscuro

Cándida aparece en escena con la cabeza sobre las piernas. Una lamparita ilumina la escena. Va al teléfono y revisa los mensajes. Se escuchan las instrucciones de la contestadora.
...Por favor, marque su clave de seguridad.... (Cándida cuelga y se pasea tristemente por el escenario.) –Algo grande debo estar pagando... las demás mujeres viven alegres... unas prefieren el sexo libre... otras tienen problemas económicos y los olvidan cuando van a la cama, mas yo estoy condenada a petrificar mis deseos. A veces siento que la sábana rosa mis piernas y despierto satisfecha, pero eso no basta. Quiero sentir su pincel deslizarse sobre mis óleos virginales. (Sonido del teléfono. Va a levantarlo) –¡Diga!... no señor, no soy Margarita... como... adiós. (Cuelga el teléfono. Dubitativa.) Equivocado... así andan ellos cuando quieren tenerlas a todas sin atender a ninguna. Nunca voy a odiarlos, pero comprendo a las que los odian. Se inventan todas las cosas del mundo para engañarnos y cuando nos engañan se ríen de nosotras... (Pausa) ¿Será posible que yo pierda mi juventud esperando el calor de un hombre cuyos instintos masculinos estén petrificados? Ya me siento cansada. No sé qué hacer. No quiero caer en las garras de la infidelidad, aunque está de moda todavía hay mujeres que tenemos dignidad... Este hombre no sabe de qué se está perdiendo... El fuego que me cautiva quiere encontrar en sus húmedos secretos la llave de la libertad, pero parece que él quiere deshacer en el tiempo la viva luz de mi desnudez.
Suena nuevamente el teléfono, Cándida lo levanta lentamente, como si esperara escuchar la voz de un fantasma.
CÁNDIDA.
–Hola... Sí, diga... ¿Cómo?... No, yo no salgo sino es con mi marido... A mí no me interesa compartir con usted... yo tengo mi esposo... Sí, entiendo, ahora entiéndame usted a mí, yo soy una mujer casada... ¡Eh!.. No puedo establecer ningún tipo de relación con hombre que él no conozca.... Bueno... Tengo que cerrar... ¿Qué?... No. No es mala educación... Compréndame, señor... Yo no quiero problemas.... Gracias. (Cierra el teléfono) –Así es la vida. A mi esposo no le alcanza el tiempo para estar conmigo y este hombre está rogando por hablarme...¿Quién comprende a los hombres?

Entra Carlos.
CÁNDIDA.
(Le da un beso) –Hola, amor. ¿Cómo te fue hoy?
CARLOS.
–Mucho trabajo, como siempre. Estoy explotado... Pero los trabajos son para los hombres. No hay por qué quejarse.
CÁNDIDA.
–¿Alguna vez te has sentido solo aun estando con alguien?
CARLOS. –Claro, es normal.
CÁNDIDA.
–¿Qué haces, cuando eso te sucede?
CARLOS.
–Trato de hacer algo que sea divertido.
CÁNDIDA.
–Nunca te he visto haciendo eso...
CARLOS.
–Puedo leer, escribir o pensar en alguien que alguna vez me haya hecho sentir bien... Cuando comencé la universidad... Vivía solo y a veces...
CÁNDIDA.
– ¿Qué...? ¿Por qué te pones así?
CARLOS.
(Nervioso) –Marcaba números al azar.
CÁNDIDA.
(Muy enojada) – ¿Para qué diablos hacías eso?
CARLOS.
–No sé... talvez para no sentirme tan solo
CÁNDIDA.
(Compresiva) –¿Y encontraste amigas?
CARLOS.
–Sí. Una vez conocí una muchacha y...
CÁNDIDA.
– (Curiosa) ¿Qué sucedió? (Fuerte) Saliste con ella degenerado.
CARLOS.
(Nervioso) –Tengo que contártelo todo, hace mucho que quería decírtelo...
CÁNDIDA. (Casi furiosa) –No. No me interesan tus hazañas.
CARLOS.
(Decidido) –Pusimos una cita para conocernos... fuimos al cine. Era bellísima, nos besamos mientras veíamos una película de terror. Ella sintió miedo y se escondió en mi pecho y ahí nos besamos hasta que terminó la escena.
CÁNDIDA.
(Furiosa) – ¡Perro!  ¿Le hiciste el amor?
CAROLOS.
–Sí.
CÁNDIDA.
(Le pega) –Entonces el problema nada más es conmigo.
CARLOS.
(Tratando de convencerla) –No debes enojarte. Yo ni siquiera te conocía. Si no quieres saber mis secretos ¿para qué me preguntas?
CÁNDIDA.
¿Dónde está esa maldita mujer?
CARLOS.


–Muerta.
CÁNDIDA.
¿De qué murió esa perra?
CARLOS.
–Esa misma noche murió en un accidente.
CÁNDIDA.
(Asustada) – ¿Cómo?
CARLOS.
(Melancólico) –La veo cada vez que intento hacer el amor. Es por eso que nunca lo he hecho después de esa noche.
CÁNDIDA.
–Entonces, ¿para qué te casaste?
CARLOS.
–No quería estar solo todo el tiempo.
CÁNDIDA.
– ¿Entonces yo voy a pagar por tus aventuras de juventud? Ni lo pienses. Ahí vamos a estar los tres.
Oscuro

Cándida aparece sola en el escenario.

CÁNDIDA.
(Al público) –Hola! Gracias por estar aquí. Ahora se me ha complicado más la situación. No tengo idea de lo que está sucediendo (dramática) maldigo la noche en que conocí a ese hombre. Nunca he sentido miedo, pero ahora tendré que mantener la luz encendida toda la noche... Déjame escuchar un poco de música a ver si me relajo un poco.
Se apagan las luces y el radio. Se escuchan ruidos misteriosos, cosas cayendo, gritos desesperados. Esto se mantiene durante más o menos cinco minutos. Luego se encienden y Cándida aparece en el escenario.
Perdonen ustedes. No quiero que se asusten, pero quiero decirles que en verdad no sé quien apagó el radio. Parece que alguien está tratando de asustarme... La gente está llena de maldad, no confío en nadie. Igual que la noche que murió mi tía una vecina trató de asustarme. Era una buena actriz su vestido, su voz, sus gesto,... todo lo hacía como tía. Ahora parece que alguien escuchó los cuentos de mi esposo y se está aprovechando de esto para burlarse de mi. Estoy segura de que ese radio no lo apagó un fantasma. No teman ustedes, nada extraño va a suceder en esta casa. Y si sucede deben quedarse tranquilos, el problema es conmigo. (Breve pausa) no puedo creer que esto está sucediendo. Ni aun en los teatros sucede algo como esto.
Suena el teléfono.
¿Quién será ahora? (Levanta el teléfono) Diga...! ¿Qué?... yo le dije a usted bien claro que no podía... Sí pero yo tengo mi esposo y me siento feliz con él, busque refugio en los brazos de otra mujer. Hay muchas que no están felices... y usted va a seguir insistiendo... (Ríe) Está bien... Lo entiendo... ¿Y qué edad tiene usted?... ¡38!... Pero usted está muy joven.... Oh... Ja, ja, ja... Así dicen todos... No me hable mentira... ¡Eh!... No señor, eso no se puede.... ¿Cómo se llama usted?... ¡Rafael!... Tengo un amigo que se llama así... ¿Cómo?... No. Por nada... Bueno, eso lo dijo usted... Voy a tratar... Usted se escucha muy formal... Es que tengo mi marido... ¡Sí!... No. Eso no me falta, gracias a Dios... Gracias... No, no tiene que hacerlo.... ¿Qué le digo a mi esposo?... Yo no trabajo... Cuando me vea un carro nuevo me va a preguntar... Tengo que dejarlo... Sí, está bien... Hablamos mañana... Igual... Adiós.

(Riendo) Si no limpias tu casa se llena de ratas y luego esas ratas se comen el queso. Ja, ja, ja. Es un riesgo, pro no quiero estar sola en esta casa. No es que sienta miedo, sino que la soledad se está adueñando de mí y no puedo seguir siendo esclava suya. ¿Qué sentirán las mujeres infieles? Hay que sentirse muy sola y abrumada para hacerlo (ríe) o sentirse nueva como yo. Nunca he sido tocada, Rafael no creerá que esté casada. Eso le va a infundir mucha confianza. (Hace un ademán, como si se mirara al espejo) no te atrevas, Rafael (acariciándose el pelo) la niña de Carlos no es infiel. Acepta tu visita porque tiene miedo, nada sucederá, bueno... nada anormal. (Coqueta) Rafael me gusta tu perfume. No, mejor. ¿Cómo se llama ese perfume? Es un maravilloso aroma.

Entra Carlos.
CALOS.
–¿Con quién hablabas?
CÁNDIDA.
(Un poco nerviosa) –con nadie. ¿Estás escuchando voces? ¿Dormiste bien anoche?
CARLOS.
(Alterado) –No estoy escuchando voces, escuché que hablabas con alguien. ¿Crees que no conozco tu voz? Si no puedes aguantar tu fuego vete para la calle. Esta casa se respeta, ¿Me oyes?
CÁNDIDA.
–Perdóname, Carlos. No tienes que alterarte de esa manera. Haz cambiado demasiado. Tienes que reflexionar, quien tiene que estar alterada soy yo.
CARLOS.
–Siempre tienes razón, pero quiero decirte algo: no tienes razón para poner en juego nuestro matrimonio.
CÁNDIDA.
(Gritando) –Nuestro “matrimonio” -si en realidad puede llamarse así a esta cosa- hace mucho que está en juego. No ha terminado porque yo he soportado todos los sufrimientos.
CARLOS.
–Vivo trabajando como un burro, ¿qué más quieres que haga?
CÁNDIDA.
(Fuerte) –que sepas que soy tu mujer, no tu hermana, ¿entiendes?
CARLOS.
(Calmado) –mejor dejemos esta conversación aquí. Sé que estás cansada de mi y no quiero que nuestra relación termine de esta manera.
CÁNDIDA.
–No estoy cansada de ti. Estoy cansada de estar sin ti y ya he tomado una decisión, puedo estar contigo o sin ti, pero no sola y contigo.
CARLOS.
–Bueno, pues discutiendo no se va a resolver ningún problema. Ahora me voy, tengo cosas que hacer. (Sale.)
 Música y el timbre del teléfono.
CÁNDIDA.
–Buenas, ¡Rafael! ¿Usted otra vez? Pero usted es demasiado insistente. No creo, ustedes son todos iguales. No sé es que no puedo hacer eso... no quiero problemas. (Decidida) ¿usted cree?... Voy a tratar... ¿Dónde, en el cine? ¿A qué hora...? ¿A las siete...? Está bien..., allá lo espero... ¡Un qué!... No, no se desespere. Adiós.
Música. Cándida se cambia de ropa.
CÁNDIDA.
–Todavía la indecisión me cautiva, mas no puedo soportar esta soledad en medio de la multitud. Lo he dado todo por estar junto él, pero una fuerza superior me ha vencido.
Sale Cándida. Música y noticia en la radio.
NOTICIA EN LA RADIO.
–Ahora interrumpimos la trasmisión para informarles que apareció otra víctima, ya son siete las mujeres asesinadas y se cree que es un asesino en serie porque las víctimas no han sido violadas ni ultrajadas. Lo más extraño de este caso, es que todas las víctimas eran vírgenes, la policía lo ha considerado como parte de un culto satánico, estaremos.... (Música.)
Baja la música. Entra Carlos.
CARLOS.
–Nunca comprendió los vicios de este amor, ahora está donde están ellas: las limpias, las impuras, las inmaculadas...
Cae el telón

No comments: