Al abrirse
el telón aparecen Cándida y Carlos sentados en la cama. Es de noche, hay
objetos muy propios de una habitación de personas que no son ricas, pero viven
cómodamente gracias a sus esfuerzos. Se escucha una noticia.
NOTICIA EN LA
RADIO.
–Una alarmante
situación atemoriza a las mujeres de Santo Domingo. Seis víctimas han sido
encontradas en la Zona Colonial, La policía no ha podido determinar la
procedencia de esta ola de crímenes. Espere más información en nuestra próxima
emisión... Continuamos con nuestra programación.
Música, entra Cándida.
CÁNDIDA.
–En esta casa la
unión es solamente en el día. Mientras yo duermo hasta las dos de la tarde, tú
estás en el taller y cuando llegas te metes en la cocina. Yo vivo muy cómoda y
tu siempre tratas de que yo no tenga que hacer nada, eso lo sé. Pero en
realidad no entiendo para qué nos casamos.
CARLOS.
– (Frívolo) mi
amor, es que con verte me conformo. ¿Qué más necesito de ti? Siempre te dije
que quería casarme contigo para tenerte como una reina, tú estuviste de acuerdo
conmigo hasta que nos casamos. Ahora estamos aquí. Eres la reina más bella que
ha existido... no te preocupes por nada, yo para ti lo tengo todo. Lo que
quieras te daré.
CÁNDIDA.
–Eso lo entiendo,
pero cuando vuelva al campo no quiero seguir escuchando a tu madre con sus
vulgaridades.
CARLOS.
(Confundido) –
¡Cuidado! Tú sabes que te quiero mucho, pero no llames vulgar a la doña. Debes
saber el valor que tiene una madre para sus hijos.
CÁNDIDA.
– ¿Qué quieres
que haga? En verdad no sé cómo llamarla. A todas las vecinas les dice: “Lo de
ese muchacho no es limpio, parece que le dieron a beber algo pa’ que se amanse.
Yo nunca he visto un hombre que se deje gobernar de una mujercita como esa. Es
que se muere por esa boca de chancleta. Después que se casó con ella no se
acuerda de que yo existo. Una buena madre debe de estar por encima de todo. La
mujer se consigue dondequiera, pero madre es una sola”.
CARLOS.
(Ríe fríamente)
–Lo de mujercita no estaría bien, pero en parte quizás ella tenga razón
CÁNDIDA.
–Mira, Carlos, la
situación es bastante difícil. Tu madre está así porque no le has contado tus
problemas. ¡Sé valiente! Llámala, para que sea ella la que te explique la
importancia del sexo en un matrimonio. Tú y yo no somos hermanos. Yo soy tu esposa.
(Se quita los botones de la camisa y se va acercando suavemente a su marido.)
Toca mi piel y verás el fuego escapar de mis manos y volver hacia ti. (En tono
poético) desflora en el calor de mi falda la inocencia. Haz que mis gemidos
desgarren el hilo ardiente de tu silencio... soy una caja de sexos petrificados
en tu ausencia. Exalta mis instintos de mujer. Deshójame en el calor de tu
virilidad.
CARLOS.
–Mujer, deja tu
desesperación. No me gusta verte preocupada. No estás sola, estás aquí conmigo.
Siempre estoy dispuesto a escucharte. No creo que haya motivo para estar así.
CÁNDIDA.
(Enojada)
–Sí, los hay.
Tienes que reconocer que algo me falta. No eres un niño... (pausa) soy esa que
vaga incansable por los caminos del deseo.
CARLOS.
–Ya esos lamentos
tuyos me tienen cansado. ¿Qué quieres que haga? No puedo hacer más de lo que
estoy haciendo. (Pausa. Toma su chaqueta.) Hablaremos más tarde, voy a ver que
están haciendo los muchachos. Te prometo que vengo temprano esta noche.
CÁNDIDA.
(Desanimada)
–Adiós.
CARLOS.
(Nota la sequedad de Cándida y se devuelve.
Le da un beso en la mejilla. Ella lo abraza, no lo quiere soltar. Lo besa
agresivamente. Él se suelta.) Me tengo que ir. Regreso ahora.
Cándida queda
totalmente excitada. Se nota una sensación en su rostro, como si satisficiera
su necesidad entre movimientos y gemidos voluptuosos.
CÁNDIDA.
(Sola) ven,
quiero que te deshagas en el calor de esta flor tocada por los rayos invisibles
de Júpiter. Soy esa Semele que quiere sucumbir ante la furia voluptuosa de tus
rayos. Sentir el sol hundirse en la humedad de mis piernas.
Empieza a dar vueltas como si se mirara en el
espejo, mientras se peina y hace movimientos sensuales.
CÁNDIDA.
(Transición) Yo
no necesito otro hombre, lo ayudaré a él, sólo le falta energía y yo lo voy a
llenar de ella. Lo llevaré desnudo a los brazos de Proserpina. Haré que mi flor
olorosa riegue perfume sobre su pecho y, su piel se ate a la furia de mis
deseos. Deshojaré en el aire las flores de espuma que brotan de sus impulsos
helados en el tiempo. Mis signos femeninos adornarán sus noches.
Oscuro
Cándida aparece en escena con la cabeza sobre las
piernas. Una lamparita ilumina la escena. Va al teléfono y revisa los mensajes.
Se escuchan las instrucciones de la contestadora.
...Por favor,
marque su clave de seguridad.... (Cándida cuelga y se pasea tristemente por el
escenario.) –Algo grande debo estar pagando... las demás mujeres viven
alegres... unas prefieren el sexo libre... otras tienen problemas económicos y
los olvidan cuando van a la cama, mas yo estoy condenada a petrificar mis
deseos. A veces siento que la sábana rosa mis piernas y despierto satisfecha,
pero eso no basta. Quiero sentir su pincel deslizarse sobre mis óleos
virginales. (Sonido del teléfono. Va a levantarlo) –¡Diga!... no señor, no soy
Margarita... como... adiós. (Cuelga el teléfono. Dubitativa.) Equivocado... así
andan ellos cuando quieren tenerlas a todas sin atender a ninguna. Nunca voy a
odiarlos, pero comprendo a las que los odian. Se inventan todas las cosas del
mundo para engañarnos y cuando nos engañan se ríen de nosotras... (Pausa) ¿Será
posible que yo pierda mi juventud esperando el calor de un hombre cuyos
instintos masculinos estén petrificados? Ya me siento cansada. No sé qué hacer.
No quiero caer en las garras de la infidelidad, aunque está de moda todavía hay
mujeres que tenemos dignidad... Este hombre no sabe de qué se está perdiendo...
El fuego que me cautiva quiere encontrar en sus húmedos secretos la llave de la
libertad, pero parece que él quiere deshacer en el tiempo la viva luz de mi
desnudez.
Suena nuevamente el teléfono, Cándida lo levanta
lentamente, como si esperara escuchar la voz de un fantasma.
CÁNDIDA.
–Hola... Sí,
diga... ¿Cómo?... No, yo no salgo sino es con mi marido... A mí no me interesa
compartir con usted... yo tengo mi esposo... Sí, entiendo, ahora entiéndame
usted a mí, yo soy una mujer casada... ¡Eh!.. No puedo establecer ningún tipo
de relación con hombre que él no conozca.... Bueno... Tengo que cerrar...
¿Qué?... No. No es mala educación... Compréndame, señor... Yo no quiero
problemas.... Gracias. (Cierra el teléfono) –Así es la vida. A mi esposo no le
alcanza el tiempo para estar conmigo y este hombre está rogando por
hablarme...¿Quién comprende a los hombres?
Entra Carlos.
CÁNDIDA.
(Le da un beso)
–Hola, amor. ¿Cómo te fue hoy?
CARLOS.
–Mucho trabajo,
como siempre. Estoy explotado... Pero los trabajos son para los hombres. No hay
por qué quejarse.
CÁNDIDA.
–¿Alguna vez te
has sentido solo aun estando con alguien?
CARLOS. –Claro,
es normal.
CÁNDIDA.
–¿Qué haces,
cuando eso te sucede?
CARLOS.
–Trato de hacer
algo que sea divertido.
CÁNDIDA.
–Nunca te he
visto haciendo eso...
CARLOS.
–Puedo leer,
escribir o pensar en alguien que alguna vez me haya hecho sentir bien... Cuando
comencé la universidad... Vivía solo y a veces...
CÁNDIDA.
– ¿Qué...? ¿Por
qué te pones así?
CARLOS.
(Nervioso)
–Marcaba números al azar.
CÁNDIDA.
(Muy enojada) –
¿Para qué diablos hacías eso?
CARLOS.
–No sé... talvez
para no sentirme tan solo
CÁNDIDA.
(Compresiva) –¿Y
encontraste amigas?
CARLOS.
–Sí. Una vez
conocí una muchacha y...
CÁNDIDA.
– (Curiosa) ¿Qué
sucedió? (Fuerte) Saliste con ella degenerado.
CARLOS.
(Nervioso) –Tengo
que contártelo todo, hace mucho que quería decírtelo...
CÁNDIDA. (Casi
furiosa) –No. No me interesan tus hazañas.
CARLOS.
(Decidido)
–Pusimos una cita para conocernos... fuimos al cine. Era bellísima, nos besamos
mientras veíamos una película de terror. Ella sintió miedo y se escondió en mi
pecho y ahí nos besamos hasta que terminó la escena.
CÁNDIDA.
(Furiosa) – ¡Perro!
¿Le hiciste el amor?
CAROLOS.
–Sí.
CÁNDIDA.
(Le pega)
–Entonces el problema nada más es conmigo.
CARLOS.
(Tratando de
convencerla) –No debes enojarte. Yo ni siquiera te conocía. Si no quieres saber
mis secretos ¿para qué me preguntas?
CÁNDIDA.
¿Dónde está esa
maldita mujer?
CARLOS.
–Muerta.
CÁNDIDA.
¿De qué murió esa
perra?
CARLOS.
–Esa misma noche
murió en un accidente.
CÁNDIDA.
(Asustada) – ¿Cómo?
CARLOS.
(Melancólico) –La
veo cada vez que intento hacer el amor. Es por eso que nunca lo he hecho
después de esa noche.
CÁNDIDA.
–Entonces, ¿para
qué te casaste?
CARLOS.
–No quería estar
solo todo el tiempo.
CÁNDIDA.
– ¿Entonces yo
voy a pagar por tus aventuras de juventud? Ni lo pienses. Ahí vamos a estar los
tres.
Oscuro
Cándida aparece sola en el escenario.
CÁNDIDA.
(Al público)
–Hola! Gracias por estar aquí. Ahora se me ha complicado más la situación. No
tengo idea de lo que está sucediendo (dramática) maldigo la noche en que conocí
a ese hombre. Nunca he sentido miedo, pero ahora tendré que mantener la luz
encendida toda la noche... Déjame escuchar un poco de música a ver si me relajo
un poco.
Se apagan las luces y el radio. Se escuchan ruidos
misteriosos, cosas cayendo, gritos desesperados. Esto se mantiene durante más o
menos cinco minutos. Luego se encienden y Cándida aparece en el escenario.
Perdonen ustedes.
No quiero que se asusten, pero quiero decirles que en verdad no sé quien apagó
el radio. Parece que alguien está tratando de asustarme... La gente está llena
de maldad, no confío en nadie. Igual que la noche que murió mi tía una vecina
trató de asustarme. Era una buena actriz su vestido, su voz, sus gesto,... todo
lo hacía como tía. Ahora parece que alguien escuchó los cuentos de mi esposo y
se está aprovechando de esto para burlarse de mi. Estoy segura de que ese radio
no lo apagó un fantasma. No teman ustedes, nada extraño va a suceder en esta
casa. Y si sucede deben quedarse tranquilos, el problema es conmigo. (Breve
pausa) no puedo creer que esto está sucediendo. Ni aun en los teatros sucede
algo como esto.
Suena el teléfono.
¿Quién será
ahora? (Levanta el teléfono) Diga...! ¿Qué?... yo le dije a usted bien claro
que no podía... Sí pero yo tengo mi esposo y me siento feliz con él, busque
refugio en los brazos de otra mujer. Hay muchas que no están felices... y usted
va a seguir insistiendo... (Ríe) Está bien... Lo entiendo... ¿Y qué edad tiene
usted?... ¡38!... Pero usted está muy joven.... Oh... Ja, ja, ja... Así dicen
todos... No me hable mentira... ¡Eh!... No señor, eso no se puede.... ¿Cómo se
llama usted?... ¡Rafael!... Tengo un amigo que se llama así... ¿Cómo?... No. Por
nada... Bueno, eso lo dijo usted... Voy a tratar... Usted se escucha muy
formal... Es que tengo mi marido... ¡Sí!... No. Eso no me falta, gracias a
Dios... Gracias... No, no tiene que hacerlo.... ¿Qué le digo a mi esposo?... Yo
no trabajo... Cuando me vea un carro nuevo me va a preguntar... Tengo que
dejarlo... Sí, está bien... Hablamos mañana... Igual... Adiós.
(Riendo) Si no
limpias tu casa se llena de ratas y luego esas ratas se comen el queso. Ja, ja,
ja. Es un riesgo, pro no quiero estar sola en esta casa. No es que sienta
miedo, sino que la soledad se está adueñando de mí y no puedo seguir siendo
esclava suya. ¿Qué sentirán las mujeres infieles? Hay que sentirse muy sola y
abrumada para hacerlo (ríe) o sentirse nueva como yo. Nunca he sido tocada, Rafael
no creerá que esté casada. Eso le va a infundir mucha confianza. (Hace un
ademán, como si se mirara al espejo) no te atrevas, Rafael (acariciándose el
pelo) la niña de Carlos no es infiel. Acepta tu visita porque tiene miedo, nada
sucederá, bueno... nada anormal. (Coqueta) Rafael me gusta tu perfume. No,
mejor. ¿Cómo se llama ese perfume? Es un maravilloso aroma.
Entra Carlos.
CALOS.
–¿Con quién
hablabas?
CÁNDIDA.
(Un poco
nerviosa) –con nadie. ¿Estás escuchando voces? ¿Dormiste bien anoche?
CARLOS.
(Alterado) –No
estoy escuchando voces, escuché que hablabas con alguien. ¿Crees que no conozco
tu voz? Si no puedes aguantar tu fuego vete para la calle. Esta casa se
respeta, ¿Me oyes?
CÁNDIDA.
–Perdóname,
Carlos. No tienes que alterarte de esa manera. Haz cambiado demasiado. Tienes
que reflexionar, quien tiene que estar alterada soy yo.
CARLOS.
–Siempre tienes
razón, pero quiero decirte algo: no tienes razón para poner en juego nuestro
matrimonio.
CÁNDIDA.
(Gritando)
–Nuestro “matrimonio” -si en realidad puede llamarse así a esta cosa- hace
mucho que está en juego. No ha terminado porque yo he soportado todos los
sufrimientos.
CARLOS.
–Vivo trabajando
como un burro, ¿qué más quieres que haga?
CÁNDIDA.
(Fuerte) –que
sepas que soy tu mujer, no tu hermana, ¿entiendes?
CARLOS.
(Calmado) –mejor
dejemos esta conversación aquí. Sé que estás cansada de mi y no quiero que
nuestra relación termine de esta manera.
CÁNDIDA.
–No estoy cansada
de ti. Estoy cansada de estar sin ti y ya he tomado una decisión, puedo estar
contigo o sin ti, pero no sola y contigo.
CARLOS.
–Bueno, pues
discutiendo no se va a resolver ningún problema. Ahora me voy, tengo cosas que
hacer. (Sale.)
Música y el
timbre del teléfono.
CÁNDIDA.
–Buenas, ¡Rafael!
¿Usted otra vez? Pero usted es demasiado insistente. No creo, ustedes son todos
iguales. No sé es que no puedo hacer eso... no quiero problemas. (Decidida)
¿usted cree?... Voy a tratar... ¿Dónde, en el cine? ¿A qué hora...? ¿A las
siete...? Está bien..., allá lo espero... ¡Un qué!... No, no se desespere.
Adiós.
Música. Cándida se cambia de ropa.
CÁNDIDA.
–Todavía la
indecisión me cautiva, mas no puedo soportar esta soledad en medio de la
multitud. Lo he dado todo por estar junto él, pero una fuerza superior me ha
vencido.
Sale Cándida. Música y noticia en la radio.
NOTICIA EN LA
RADIO.
–Ahora
interrumpimos la trasmisión para informarles que apareció otra víctima, ya son
siete las mujeres asesinadas y se cree que es un asesino en serie porque las víctimas
no han sido violadas ni ultrajadas. Lo más extraño de este caso, es que todas
las víctimas eran vírgenes, la policía lo ha considerado como parte de un culto
satánico, estaremos.... (Música.)
Baja la música. Entra Carlos.
CARLOS.
–Nunca comprendió
los vicios de este amor, ahora está donde están ellas: las limpias, las
impuras, las inmaculadas...
Cae
el telón
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