Tuesday, February 21, 2012

HERIDA DE AMOR


Al abrirse el telón aparecen Cándida y Carlos sentados en la cama. Es de noche, hay objetos muy propios de una habitación de personas que no son ricas, pero viven cómodamente gracias a sus esfuerzos. Se escucha una noticia.
NOTICIA EN LA RADIO.
–Una alarmante situación atemoriza a las mujeres de Santo Domingo. Seis víctimas han sido encontradas en la Zona Colonial, La policía no ha podido determinar la procedencia de esta ola de crímenes. Espere más información en nuestra próxima emisión... Continuamos con nuestra programación.
Música, entra Cándida.
CÁNDIDA.
–En esta casa la unión es solamente en el día. Mientras yo duermo hasta las dos de la tarde, tú estás en el taller y cuando llegas te metes en la cocina. Yo vivo muy cómoda y tu siempre tratas de que yo no tenga que hacer nada, eso lo sé. Pero en realidad no entiendo para qué nos casamos.
CARLOS.
– (Frívolo) mi amor, es que con verte me conformo. ¿Qué más necesito de ti? Siempre te dije que quería casarme contigo para tenerte como una reina, tú estuviste de acuerdo conmigo hasta que nos casamos. Ahora estamos aquí. Eres la reina más bella que ha existido... no te preocupes por nada, yo para ti lo tengo todo. Lo que quieras te daré.
CÁNDIDA.
–Eso lo entiendo, pero cuando vuelva al campo no quiero seguir escuchando a tu madre con sus vulgaridades.
CARLOS.
(Confundido) – ¡Cuidado! Tú sabes que te quiero mucho, pero no llames vulgar a la doña. Debes saber el valor que tiene una madre para sus hijos.
CÁNDIDA.
– ¿Qué quieres que haga? En verdad no sé cómo llamarla. A todas las vecinas les dice: “Lo de ese muchacho no es limpio, parece que le dieron a beber algo pa’ que se amanse. Yo nunca he visto un hombre que se deje gobernar de una mujercita como esa. Es que se muere por esa boca de chancleta. Después que se casó con ella no se acuerda de que yo existo. Una buena madre debe de estar por encima de todo. La mujer se consigue dondequiera, pero madre es una sola”.
CARLOS.
(Ríe fríamente) –Lo de mujercita no estaría bien, pero en parte quizás ella tenga razón
CÁNDIDA.
–Mira, Carlos, la situación es bastante difícil. Tu madre está así porque no le has contado tus problemas. ¡Sé valiente! Llámala, para que sea ella la que te explique la importancia del sexo en un matrimonio. Tú y yo no somos hermanos. Yo soy tu esposa. (Se quita los botones de la camisa y se va acercando suavemente a su marido.) Toca mi piel y verás el fuego escapar de mis manos y volver hacia ti. (En tono poético) desflora en el calor de mi falda la inocencia. Haz que mis gemidos desgarren el hilo ardiente de tu silencio... soy una caja de sexos petrificados en tu ausencia. Exalta mis instintos de mujer. Deshójame en el calor de tu virilidad.
CARLOS.
–Mujer, deja tu desesperación. No me gusta verte preocupada. No estás sola, estás aquí conmigo. Siempre estoy dispuesto a escucharte. No creo que haya motivo para estar así.
CÁNDIDA.
(Enojada)
–Sí, los hay. Tienes que reconocer que algo me falta. No eres un niño... (pausa) soy esa que vaga incansable por los caminos del deseo.
CARLOS.
–Ya esos lamentos tuyos me tienen cansado. ¿Qué quieres que haga? No puedo hacer más de lo que estoy haciendo. (Pausa. Toma su chaqueta.) Hablaremos más tarde, voy a ver que están haciendo los muchachos. Te prometo que vengo temprano esta noche.
CÁNDIDA.
(Desanimada) –Adiós.
CARLOS.
(Nota la sequedad de Cándida y se devuelve. Le da un beso en la mejilla. Ella lo abraza, no lo quiere soltar. Lo besa agresivamente. Él se suelta.) Me tengo que ir. Regreso ahora.
Cándida queda totalmente excitada. Se nota una sensación en su rostro, como si satisficiera su necesidad entre movimientos y gemidos voluptuosos.
CÁNDIDA.
(Sola) ven, quiero que te deshagas en el calor de esta flor tocada por los rayos invisibles de Júpiter. Soy esa Semele que quiere sucumbir ante la furia voluptuosa de tus rayos. Sentir el sol hundirse en la humedad de mis piernas.
Empieza a dar vueltas como si se mirara en el espejo, mientras se peina y hace movimientos sensuales.
CÁNDIDA.
(Transición) Yo no necesito otro hombre, lo ayudaré a él, sólo le falta energía y yo lo voy a llenar de ella. Lo llevaré desnudo a los brazos de Proserpina. Haré que mi flor olorosa riegue perfume sobre su pecho y, su piel se ate a la furia de mis deseos. Deshojaré en el aire las flores de espuma que brotan de sus impulsos helados en el tiempo. Mis signos femeninos adornarán sus noches.

Oscuro

Cándida aparece en escena con la cabeza sobre las piernas. Una lamparita ilumina la escena. Va al teléfono y revisa los mensajes. Se escuchan las instrucciones de la contestadora.
...Por favor, marque su clave de seguridad.... (Cándida cuelga y se pasea tristemente por el escenario.) –Algo grande debo estar pagando... las demás mujeres viven alegres... unas prefieren el sexo libre... otras tienen problemas económicos y los olvidan cuando van a la cama, mas yo estoy condenada a petrificar mis deseos. A veces siento que la sábana rosa mis piernas y despierto satisfecha, pero eso no basta. Quiero sentir su pincel deslizarse sobre mis óleos virginales. (Sonido del teléfono. Va a levantarlo) –¡Diga!... no señor, no soy Margarita... como... adiós. (Cuelga el teléfono. Dubitativa.) Equivocado... así andan ellos cuando quieren tenerlas a todas sin atender a ninguna. Nunca voy a odiarlos, pero comprendo a las que los odian. Se inventan todas las cosas del mundo para engañarnos y cuando nos engañan se ríen de nosotras... (Pausa) ¿Será posible que yo pierda mi juventud esperando el calor de un hombre cuyos instintos masculinos estén petrificados? Ya me siento cansada. No sé qué hacer. No quiero caer en las garras de la infidelidad, aunque está de moda todavía hay mujeres que tenemos dignidad... Este hombre no sabe de qué se está perdiendo... El fuego que me cautiva quiere encontrar en sus húmedos secretos la llave de la libertad, pero parece que él quiere deshacer en el tiempo la viva luz de mi desnudez.
Suena nuevamente el teléfono, Cándida lo levanta lentamente, como si esperara escuchar la voz de un fantasma.
CÁNDIDA.
–Hola... Sí, diga... ¿Cómo?... No, yo no salgo sino es con mi marido... A mí no me interesa compartir con usted... yo tengo mi esposo... Sí, entiendo, ahora entiéndame usted a mí, yo soy una mujer casada... ¡Eh!.. No puedo establecer ningún tipo de relación con hombre que él no conozca.... Bueno... Tengo que cerrar... ¿Qué?... No. No es mala educación... Compréndame, señor... Yo no quiero problemas.... Gracias. (Cierra el teléfono) –Así es la vida. A mi esposo no le alcanza el tiempo para estar conmigo y este hombre está rogando por hablarme...¿Quién comprende a los hombres?

Entra Carlos.
CÁNDIDA.
(Le da un beso) –Hola, amor. ¿Cómo te fue hoy?
CARLOS.
–Mucho trabajo, como siempre. Estoy explotado... Pero los trabajos son para los hombres. No hay por qué quejarse.
CÁNDIDA.
–¿Alguna vez te has sentido solo aun estando con alguien?
CARLOS. –Claro, es normal.
CÁNDIDA.
–¿Qué haces, cuando eso te sucede?
CARLOS.
–Trato de hacer algo que sea divertido.
CÁNDIDA.
–Nunca te he visto haciendo eso...
CARLOS.
–Puedo leer, escribir o pensar en alguien que alguna vez me haya hecho sentir bien... Cuando comencé la universidad... Vivía solo y a veces...
CÁNDIDA.
– ¿Qué...? ¿Por qué te pones así?
CARLOS.
(Nervioso) –Marcaba números al azar.
CÁNDIDA.
(Muy enojada) – ¿Para qué diablos hacías eso?
CARLOS.
–No sé... talvez para no sentirme tan solo
CÁNDIDA.
(Compresiva) –¿Y encontraste amigas?
CARLOS.
–Sí. Una vez conocí una muchacha y...
CÁNDIDA.
– (Curiosa) ¿Qué sucedió? (Fuerte) Saliste con ella degenerado.
CARLOS.
(Nervioso) –Tengo que contártelo todo, hace mucho que quería decírtelo...
CÁNDIDA. (Casi furiosa) –No. No me interesan tus hazañas.
CARLOS.
(Decidido) –Pusimos una cita para conocernos... fuimos al cine. Era bellísima, nos besamos mientras veíamos una película de terror. Ella sintió miedo y se escondió en mi pecho y ahí nos besamos hasta que terminó la escena.
CÁNDIDA.
(Furiosa) – ¡Perro!  ¿Le hiciste el amor?
CAROLOS.
–Sí.
CÁNDIDA.
(Le pega) –Entonces el problema nada más es conmigo.
CARLOS.
(Tratando de convencerla) –No debes enojarte. Yo ni siquiera te conocía. Si no quieres saber mis secretos ¿para qué me preguntas?
CÁNDIDA.
¿Dónde está esa maldita mujer?
CARLOS.


–Muerta.
CÁNDIDA.
¿De qué murió esa perra?
CARLOS.
–Esa misma noche murió en un accidente.
CÁNDIDA.
(Asustada) – ¿Cómo?
CARLOS.
(Melancólico) –La veo cada vez que intento hacer el amor. Es por eso que nunca lo he hecho después de esa noche.
CÁNDIDA.
–Entonces, ¿para qué te casaste?
CARLOS.
–No quería estar solo todo el tiempo.
CÁNDIDA.
– ¿Entonces yo voy a pagar por tus aventuras de juventud? Ni lo pienses. Ahí vamos a estar los tres.
Oscuro

Cándida aparece sola en el escenario.

CÁNDIDA.
(Al público) –Hola! Gracias por estar aquí. Ahora se me ha complicado más la situación. No tengo idea de lo que está sucediendo (dramática) maldigo la noche en que conocí a ese hombre. Nunca he sentido miedo, pero ahora tendré que mantener la luz encendida toda la noche... Déjame escuchar un poco de música a ver si me relajo un poco.
Se apagan las luces y el radio. Se escuchan ruidos misteriosos, cosas cayendo, gritos desesperados. Esto se mantiene durante más o menos cinco minutos. Luego se encienden y Cándida aparece en el escenario.
Perdonen ustedes. No quiero que se asusten, pero quiero decirles que en verdad no sé quien apagó el radio. Parece que alguien está tratando de asustarme... La gente está llena de maldad, no confío en nadie. Igual que la noche que murió mi tía una vecina trató de asustarme. Era una buena actriz su vestido, su voz, sus gesto,... todo lo hacía como tía. Ahora parece que alguien escuchó los cuentos de mi esposo y se está aprovechando de esto para burlarse de mi. Estoy segura de que ese radio no lo apagó un fantasma. No teman ustedes, nada extraño va a suceder en esta casa. Y si sucede deben quedarse tranquilos, el problema es conmigo. (Breve pausa) no puedo creer que esto está sucediendo. Ni aun en los teatros sucede algo como esto.
Suena el teléfono.
¿Quién será ahora? (Levanta el teléfono) Diga...! ¿Qué?... yo le dije a usted bien claro que no podía... Sí pero yo tengo mi esposo y me siento feliz con él, busque refugio en los brazos de otra mujer. Hay muchas que no están felices... y usted va a seguir insistiendo... (Ríe) Está bien... Lo entiendo... ¿Y qué edad tiene usted?... ¡38!... Pero usted está muy joven.... Oh... Ja, ja, ja... Así dicen todos... No me hable mentira... ¡Eh!... No señor, eso no se puede.... ¿Cómo se llama usted?... ¡Rafael!... Tengo un amigo que se llama así... ¿Cómo?... No. Por nada... Bueno, eso lo dijo usted... Voy a tratar... Usted se escucha muy formal... Es que tengo mi marido... ¡Sí!... No. Eso no me falta, gracias a Dios... Gracias... No, no tiene que hacerlo.... ¿Qué le digo a mi esposo?... Yo no trabajo... Cuando me vea un carro nuevo me va a preguntar... Tengo que dejarlo... Sí, está bien... Hablamos mañana... Igual... Adiós.

(Riendo) Si no limpias tu casa se llena de ratas y luego esas ratas se comen el queso. Ja, ja, ja. Es un riesgo, pro no quiero estar sola en esta casa. No es que sienta miedo, sino que la soledad se está adueñando de mí y no puedo seguir siendo esclava suya. ¿Qué sentirán las mujeres infieles? Hay que sentirse muy sola y abrumada para hacerlo (ríe) o sentirse nueva como yo. Nunca he sido tocada, Rafael no creerá que esté casada. Eso le va a infundir mucha confianza. (Hace un ademán, como si se mirara al espejo) no te atrevas, Rafael (acariciándose el pelo) la niña de Carlos no es infiel. Acepta tu visita porque tiene miedo, nada sucederá, bueno... nada anormal. (Coqueta) Rafael me gusta tu perfume. No, mejor. ¿Cómo se llama ese perfume? Es un maravilloso aroma.

Entra Carlos.
CALOS.
–¿Con quién hablabas?
CÁNDIDA.
(Un poco nerviosa) –con nadie. ¿Estás escuchando voces? ¿Dormiste bien anoche?
CARLOS.
(Alterado) –No estoy escuchando voces, escuché que hablabas con alguien. ¿Crees que no conozco tu voz? Si no puedes aguantar tu fuego vete para la calle. Esta casa se respeta, ¿Me oyes?
CÁNDIDA.
–Perdóname, Carlos. No tienes que alterarte de esa manera. Haz cambiado demasiado. Tienes que reflexionar, quien tiene que estar alterada soy yo.
CARLOS.
–Siempre tienes razón, pero quiero decirte algo: no tienes razón para poner en juego nuestro matrimonio.
CÁNDIDA.
(Gritando) –Nuestro “matrimonio” -si en realidad puede llamarse así a esta cosa- hace mucho que está en juego. No ha terminado porque yo he soportado todos los sufrimientos.
CARLOS.
–Vivo trabajando como un burro, ¿qué más quieres que haga?
CÁNDIDA.
(Fuerte) –que sepas que soy tu mujer, no tu hermana, ¿entiendes?
CARLOS.
(Calmado) –mejor dejemos esta conversación aquí. Sé que estás cansada de mi y no quiero que nuestra relación termine de esta manera.
CÁNDIDA.
–No estoy cansada de ti. Estoy cansada de estar sin ti y ya he tomado una decisión, puedo estar contigo o sin ti, pero no sola y contigo.
CARLOS.
–Bueno, pues discutiendo no se va a resolver ningún problema. Ahora me voy, tengo cosas que hacer. (Sale.)
 Música y el timbre del teléfono.
CÁNDIDA.
–Buenas, ¡Rafael! ¿Usted otra vez? Pero usted es demasiado insistente. No creo, ustedes son todos iguales. No sé es que no puedo hacer eso... no quiero problemas. (Decidida) ¿usted cree?... Voy a tratar... ¿Dónde, en el cine? ¿A qué hora...? ¿A las siete...? Está bien..., allá lo espero... ¡Un qué!... No, no se desespere. Adiós.
Música. Cándida se cambia de ropa.
CÁNDIDA.
–Todavía la indecisión me cautiva, mas no puedo soportar esta soledad en medio de la multitud. Lo he dado todo por estar junto él, pero una fuerza superior me ha vencido.
Sale Cándida. Música y noticia en la radio.
NOTICIA EN LA RADIO.
–Ahora interrumpimos la trasmisión para informarles que apareció otra víctima, ya son siete las mujeres asesinadas y se cree que es un asesino en serie porque las víctimas no han sido violadas ni ultrajadas. Lo más extraño de este caso, es que todas las víctimas eran vírgenes, la policía lo ha considerado como parte de un culto satánico, estaremos.... (Música.)
Baja la música. Entra Carlos.
CARLOS.
–Nunca comprendió los vicios de este amor, ahora está donde están ellas: las limpias, las impuras, las inmaculadas...
Cae el telón

Tuesday, September 20, 2011

UN DIA DE NAVIDAD


                  

Parte interior de la casa de CLAUDIO. Sobre una antigua nevera verde descansa una lámpara, también antigua. Arriba de la mesa hay dos libros, una Biblia sin pergamino, una gorra, un florero y una muñeca. En la oscura habitación sólo penetran mareados rayos de sol. En una esquina de la sala, dividida por una pared de sesenta pulgadas sobresale un gabinete de pino, en la parte superior de éste hay varias carteras, zapatillas y cosas de mujer. En la cama aparecen ISABEL y CLAUDIO abrazados. Lorenzo toca la puerta, Isabel lo hace pasar.
CLAUDIO:
 (Emocionado) – ¡Cómo! ¿Qué brisa lo trae a usted por aquí, pensé que todos los amigos se habían olvidado de mí. Cuéntame. ¿Cómo van los trabajos?
 LORENZO:
 –Todo va muy bien, CLAUDIO. No había podido venir porque tengo mucho trabajo, pero usted sabe que puede contar conmigo.
CLAUDIO:
(Riendo) –Me alegra saber que usted tiene mucho trabajo. Son muchos los que hoy quieren trabajar y no pueden. Yo sólo leo y acaricio el vientre de ISABEL, esperando ese ingeniero que pronto nacerá
LORENZO:
...(Batallando con el recuerdo) Yo cuando veo a Isabel embarazada nada más me llega a la mente Yaniret. Tantos planes que hacía con ese hijo, ya hasta el nombre le había puesto. (Señalando a Isabel) así mismo se sentaba ella a acariciarse la barriga.
CLAUDIO ignora a Lorenzo para no alargar la conversación acerca de la difunta. Luego de una pausa breve, LORENZO se distrae.
LORENZO:
– ¿Usted no está trabajando, CLAUDIO?
 CLAUDIO:
 – Que voy a trabajar. Yo nací para vivir así, me siento bien viendo al tiempo burlarse de los hombres.


LORENZO:
–Tiene que trabajar; trate de hacer algo, un hombre no puede esperar su niño de brazos cruzados. Debe tener dinero por lo menos para comprar las cosas más importantes.
ISABEL:
 –Me dice una amiga que ya están cobrando en los hospitales del Estado. Anoche soñaba que llegamos a la maternidad, no teníamos dinero para pagar y ni siquiera nos dejaron entrar, tuve que amanecer tirada en un pasillo. Ahí nació mi hijo. Imagínese usted que desastre. Después de ese sueño no pude cerrar más los ojos (se persigna) Ya una no tiene derecho a la creación.
LORENZO:
– ¡Ay San Ramón! Ayúdala a salir con bien.
CLAUDIO:
 (Riendo) –Más católico que su abuela.
LORENZO:
–Que va, eran cosas que ella decía y ahora yo las repito rutinariamente.
ISABEL:
 –Voy a traerle un juguito, aunque sea caliente.
CLAUDIO:
 –Está bien, tráelo así.
ISABEL:
(Con dos vasos de jugo) –Aquí tienen.
 CLAUDIO y LORENZO ponen los vasos sobre la mesa, ISABEL organiza las ropitas de su niño.
 LORENZO:
 –Gracias, por el jugo ISABEL. CLAUDIO, ya debemos irnos a investigar el asunto.

 ISABEL:
–Por qué se va tan pronto. CLAUDIO: –Venimos ahora, amor a mí se me estaba olvidando. Tenemos que ir a investigar una cuestión allí.
ISABEL:
(Los lleva hasta la puerta) –No te vayas a quedar. (Acariciándose el vientre) Tu niño quiere estar contigo.
 CLAUDIO:
–Está bien, vengo de una vez. (Sale)
La escena oscurece. ISABEL está sentada en la cama
 ISABEL:
– ¡Ay qué mal pensamiento me vino a la mente! No sé qué hacer, algo me dice que este embarazo no va a salir bien. Así mismo estaba mi prima y a pesar de las oraciones de Tía y los buenos consejos de las vecinas no tuvo éxito. (Batallando con el recuerdo) mi prima me quería tanto, decía que íbamos a vivir juntas en una misma casa, pero como las cosas de la vida son impredecibles; y después que una se casa no cumple las promesas de la niñez, ya ven ustedes… es increíble, muchas veces creo que está conmigo. Ella no tuvo un buen matrimonio. Su esposo tomaba todas las noches y cuando llegaba borracho la trataba como a una cualquiera. Entonces cuando logra separarse de él y conoce a Lorenzo, que la quiere como a las niñas de sus ojos, ese hombre veía por los ojos de ella y mira lo que le pasa.
Mi esposo no toma, es el hombre más cariñoso del mundo. (Melancólica. Se para toma una flor, la huele y una alegría leve se nota en su rostro) con verlo batiendo en el aire sus manos, la tierra atesora su fruto. Sueña con una lluvia de madrugada y se humedece. No puedo estar ni un minuto separada de mi amor. (Soñadora) siempre está limpio, como una fruta regando su aroma sobre la desnudez de mi espalda. Es por eso que no quiero morir, yo sé que él nunca va a encontrar otra que lo ame como yo. Presiento que lo voy a dejar solo.
(Acariciándose el vientre) esta mañana me quedé dormida y soñé en la finca de mi abuela, mi prima y yo estábamos buscando guayabas, vestidas iguales. Se apenaba porque no podía estar conmigo “pronto estaremos juntas cargando nuestros niños como verdaderas hermanitas” –dijo. La lluvia tendía en el espacio sábanas grisáceas y su suave pelo arropaba nuestros cuerpos. El guayabal se convirtió en una sabana cubierta de flores rosadas y, en el lugar donde estábamos nosotras se iban colocando en forma de criptas, alternando flores blancas y moradas. Caminamos un poco hacia el centro de la sabana. Allí había un árbol con las hojas pequeñas, parecían secas. El árbol tenía unas frutas negras del tamaño de un grano de café. Eran bastante dulces. Yo arranqué una y me la llevé a la boca y ella comenzó a llorar.
(Nerviosa) “Mira como se le puso la boca negra, eso fue lo que me sucedió a mí, odio esas malditas frutas” –dijo ella muy preocupada. Mi prima jamás volvió a estar alegre como antes se quedó parada como recordando algo. Me miraba con pena y me abrazaba. Miren como se me eriza la piel. No sé lo que está pasando con mi vida. ¡Esto no es un sueño! ¡Entiéndanme! ¡Esto no es un sueño! Fue algo tan real como si lo estuviese viendo ahora. Fue algo nunca visto, por eso se les hace difícil creerme. Yo misma me preguntaba: “¿en este mundo puede haber algo tan hermoso? Además cómo voy a andar con mi prima si ya ella está muerta” no voy a hablarle de esto a mi esposo, él no va a querer dormir aquí.
Se escucha un gran estruendo. Voces y gritos acompañados por la lluvia…puede ser cualquier ruido misterioso. ISABEL mira al techo, después de varios minutos dando vueltas atormentada sale corriendo desesperadamente como si el ruido la estuviera persiguiendo. La escena permanece en penumbra y una mujer vestida de blanco, la cual sólo muestra su lívido rostro, se pasea por el escenario. El ruido continúa y la mujer permanece en silencio. Entran CLAUDIO y LORENZO, la mujer acaricia la espalda de LORENZO. Ellos no la ven, pero se quedan pasmados, parece que están sintiendo algo.
LORENZO:
 –Yo no sé pero aquí anda algo raro. Hay un perfume que me trae muchos recuerdos. Debo irme antes que se haga más tarde. No puedo contenerme, me tiemblan las rodillas. (Mostrándole las rodillas) Mira CLAUDIO para que después no digas que yo estaba inventando. Yo no creo en nada. Pero aquí algo anda mal y es ahora, porque cuando yo llegué no lo sentí. Una vez fui a dormir donde un hermano mío que vive en el pueblo, antes yo dormía en su casa y nunca sentía nada extraño, pero esa noche no pude dormir. La noche se tornó tan agresiva que lanzó todas las mazorcas de cacao sobre el techo. Cuando mi hermano vio que yo estaba tan asustado se levantó para ver qué sucedía y cuando me vio sudando del miedo me dijo: “cobarde te ves transformado deja tu miedo, ese ruido siempre lo hacen las hojas de cacao cayendo con la brisa. Me quedé callado. Esto me hacía sentir más asustado, así pude confirmar lo que sucedía. “Las hojas de cacao no caen con tanta fuerza” –Pensé. Aunque siempre ignoré aquellas cosas que inventaba mi abuela: “que los muertos asaban yuca en el arroyo y se bañaban en las hojas de anamú; que el difunto Federico cruzó a su esposa del río en un caballo y luego se desapareció; que un niño lloraba en la cascada “La Leonora” cuando pasaban los hombres y una mujer desnuda los seguía…” Esa noche me sentí tan extraño que no sabía dónde estaba.
CLAUDIO:
– (Incómodo) Siempre creí que el cobarde era yo, ustedes mismos me lo reprochaban, ahora es usted quien se está comportando como un verdadero cobarde, contándome sus pusilánimes acciones. (Pausa) Excúseme LORENZO ¿Por qué usted recuerda todo esto precisamente en este momento?
LORENZO:
 –La noche que aquellas cosas sucedieron murió el esposo de mi tía. Él era muy bueno conmigo, me contaba historias y jugábamos mucho. Cuando yo estaba en la escuela, siempre nos encontrábamos en el camino. A esa hora él daba de beber al ganado. Un día iba cruzando el arroyo y uno de sus toros se estaba hundiendo en el lodo, mientras él luchaba por liberarlo. Le dije: “Súbase tío”, se enfadó tanto que tomó una piedra y gritó: “súbete tú, hijo de la gran puta”. Estos muchachos del carajo les salen con cosas a uno que hasta Dios las ve”. –Para no seguirle cansando con el cuento…
CLAUDIO:
–Sí, porque como cuentista usted se muere de hambre.
 LORENZO:
–Deje la broma que esto es en serio… Pues como le iba contando, el tío no cambió conmigo. Siguió pidiéndome que le escribiera cartas cada vez que le gustaba una jovencita. –Porque se enamoraba como un caballo –, sin embargo, yo no me descuidaba de él, le había dicho a mi hermano: “Esa no se la despinta nadie”. Cuando lo vi sobre la mesa dentro del ataúd, en medio de la tristeza pensé: “Bueno, alguien tenía que salvarme de ese castigo”. Ese mismo ambiente; el ruido, el perfume que sentí aquella noche en la casa de mi tía es lo que siento ahora. Doña Inmaculada dice: “Si sueñas con pescado, dientes o carne, busque que alguien se va para el otro lado”. Fue por eso que vine a este lugar donde anoche soñé tantas cosas. Cada vez que cerraba los ojos veía esta misma casa y los perros no dejaron de gritar hasta el amanecer. Cuando ya estaba cansado de las pesadillas, quería ver el alba hiriendo la noche. Me senté en la sala y empecé a leer. Terminé una novela de Arthur Hailey sin darme cuenta. OVERLOAD, usted debe conocerla, poeta.
CLAUDIO:
 –Claro que sí. Un puro disparate.
LORENZO:
 –Pedro Páramo y La Divina Comedia, los encerré en una caja y le puse un letrero NO LEER DE NOCHE.
CLAUDIO:
–Bueno, ahora el supersticioso es usted.
LORENZO:
 –El menos indicado para decir eso es usted. No se acuerda que yo era quien lo cruzaba del arroyo y luego volvía solito para mi casa, después de haber escuchado los cuentos de difunto que hacía su abuela. Hay cosas que pueden cambiar totalmente nuestras vidas. Mire, si yo le sigo contando usted se vuelve loco. (Mostrándole la habitación) ¿Usted no se ha dado cuenta de que estamos rodeados de flores blancas y moradas?
CLAUDIO:
 (Nervioso) –No ¡Cállese, LORENZO, por favor!
LORENZO:
– ¿Tampoco ve ese paraíso de árboles florecidos?
 CLAUDIO:
 (Casi temblando de miedo) –No. ¿Usted quiere que me dé un infarto? ¿De qué color son esas malditas flores?
 LORENZO:
 –Tal vez usted no la ve, porque el que está haciendo esto sabe que usted no soportaría verlas.
CLAUDIO:
–Todos estamos limitados. –Como dice el poeta. Sólo vemos la mitad de la esfera. No somos capaces de unir esas dos mitades, por eso siempre seremos infelices, caeremos de hinojos ante aquellos, que ignorando todas las cosas de las cuales usted y yo estamos hablando, se han enseñoreado del mundo. ¿Sabe qué yo puedo ver en todo esto…?
LORENZO:
– ¿Qué?
CLAUDIO:
–Todos los colores que ha mencionado eran los favoritos de su esposa Yaniret.
LORENZO:
 (Asustado) – ¿De qué está usted hablando? ¿Qué quiere decir con eso?
CLAUDIO:
–Lo que usted ha escuchado, amigo Loy. ¿Por qué se ha puesto usted así?
LORENZO:
(Permanece de rodillas como haciendo una oración. Casi no le salen las palabras) –El fuego que daba calor a su vientre, era mi única creación. CLAUDIO: –Eso lo sé, pero qué opina usted al respecto.
 LORENZO:
– ¿Quién destruyó la obra que con tanto esmero construí? ¿Dónde guardaba la muerte su aguijón aquella noche salpicada de estrellas?
Aparece de nuevo Yaniret cruzando lentamente por el escenario, la única luz que hay en la escena, es la de una vela que ella lleva en un platillo. CLAUDIO al verla se desmaya. Trata de pararse, pero no puede. Ella y LORENZO se contemplan mutuamente. Las piernas de LORENZO tiemblan como dos hojas envueltas en la agresividad del viento.
 LORENZO:
–Sé que te amé perdidamente. Que unimos nuestros cuerpos para iluminar los lugares más oscuros de este mundo, que aunque maldecimos cada día y nunca queremos alejarnos de él, pero tú debes entender que ya jamás volveremos a estar juntos. Alguien abusó de nuestras debilidades, para mantenernos separados para siempre.
CLAUDIO sigue desmayado. LORENZO va a levantarlo, escucha la voz de la prima y cae.
 VOZ DE YANIRET:
 –Busco un amor tras la sombra de aquel que divide los amantes. Su poder es limitado. No puede sepultar en su poderío a ese que inventa huracanes bajo la lluvia, que cae sobre las torres separadas por el temblor de su sexo florecido, que como una alfombra vibrante tendió mi cuerpo sobre las flores de amapola y confundió las lenguas en el arroyo de su silencio. Sé que estás ahí, navegando en las aguas de la ceguera infligida por su rostro. Es por eso que ahora soy espanto, misterio, un ser transformado, un ángel que perdió sus alas en las garras del tiempo y descendió a un mundo hostil al calor de tus brazos. Aún sigo respirando el olor de tus besos ardorosos esparcirse por campos y ciudades, quemando al lívido penitente que busca el perfume natural de tu cuerpo silencioso. Añoro tus labios dilatándose en los pezones enaltecidos de estos néctares florales. Quiero que sepas que soy una montaña petrificada con rocas de oro y diamante. Estoy segura de que no eres culpable de nada. Sigo siendo la beldad que condena tus deseos a buscar mis caricias cada noche, pero estamos separados por una pared de misterio y oscuridad. ¡Aquí estoy envuelta en el lodo de la desesperación! Quemándome en el fuego fantasmal de tu ausencia. ¡Corre, me quemo en el magma de la soledad! Cuando te alejas de mí, aunque tus lágrimas seminales caen sobre mis pies, caigo en la angustiada oscuridad que separa nuestras voces y se marchita mi existir.

 Telón rápido


Se ilumina el proscenio con el TELÓN cerrado, el cual se abrirá lentamente, comienza a iluminarse la escena. Hay una mesita con velas encendidas, aparecen CLAUDIO y LORENZO sentados, sus rostros están invadidos por la confusión.

LORENZO:
– ¿Qué hora es?
CLAUDIO:
–Son las dos.
 LORENZO:
– ¡Cómo! ¿Yo no fui al trabajo hoy?
CLAUDIO:
 –Hoy es domingo, LORENZO.
 LORENZO:
– ¿Entonces no era un sueño? ¿YANIRET habló con nosotros personalmente?
CLAUDIO:
–Claro que sí. ¿Usted creyó que era un sueño? Ustedes están tan acostumbrados a los sueños que ya los hacen despiertos. Vino y le dijo todo lo que siente por usted.
 LORENZO:
– ¿Cómo, si ella está muerta?
CLAUDIO:
–Usted debe tener bien claro que ya no existe un Aqueronte que nos divida. A veces estoy tan confundido que no entiendo de qué lado estoy.
 LORENZO:
 –Pero yo todavía no entiendo cómo puede YANIRET pedirme que la ame si estamos en dos mundos diferentes (Reflexivo) para mí que fue usted quien me transmitió su don, yo no soy un cobarde, se lo reitero, pero si puede librarme de eso ayúdeme por favor. Esto es muy complejo para mí.
CLAUDIO:
– ¿Qué le hace pensar que yo le haya transmitido algo? Dicen que pisándome el mayor dedo de los pies uno puede compartir las visiones con sus compañeros, aunque lo he intentado, nunca me ha dado resultado, de modo que no es culpa mía lo que hoy le sucede.
 LORENZO:
–Usted es mi mejor amigo, se lo digo de todo corazón, pero si sigue jugando con esas cosas vamos a salir enemigos. Para no tener que ofenderle, mejor me voy de esta casa.
Mientras LORENZO intenta salir se apagan las luces, YANIRET lo toma contra su pecho, LORENZO cae de espalda, ella se acuesta sobre él como si estuviera excitada, -la actriz debe hacerlo con estética-. Se levanta eufórica y LORENZO queda tendido.
YANIRET:
–En el viaje de los seres que no ven más allá de lo palpable se embriaga de inmortalidad. Infunde en la muerte fragmentos de vida. Bebe en la copa donde nacen los dioses, donde ellos hacen resplandecer los frutos de la eternidad. Las dos mitades del tiempo se unifican, se revelan los misterios y el temor se disuelve en el mar de lo invencible. Es tiempo de depositar el temor en los brazos del pasado, de vivir como dioses, fundiendo bien y mal en nuestras fuerzas.
Sale YANIRET. CLAUDIO que dormía sentado, mientras todo esto ocurría se levanta, queda parado en el centro del escenario. Cuando se encienden las luces toma de la mesita: una cruz de fósforo, tres granos de ajo morado y un vaso con agua y hojas extrañas, se dirige hacia LORENZO, coloca el ajo y la cruz de fósforo sobre el pecho de LORENZO, mientras lava la cara con el brebaje. LORENZO se levanta asustado.
 LORENZO:
 – ¡Hechicero! ¡Hechicero! ¡Hechicero!... Me voy de su casa, aquí no volveré jamás.
CLAUDIO lo persigue, pero no lo puede alcanzar. Al devolverse ISABEL lo espera en la puerta. Él cambia totalmente de actitud, para que ella no se dé cuenta de lo que ha sucedido.
CLAUDIO:
 – ¿Dónde estabas, amor?
ISABEL:
(Desanimada) –Fui donde mami, quería dormir un poco y no me sentía bien aquí. Tenía mucho calor y, como tú saliste… (Transición) Por eso es que no me gusta que salgas con tus amigos, parece que ya LORENZO también se ha corrompido. Él sabe mucho, con razón no me esperó aquí. (Husmeando) No puedo soportar el olor a perfume de mujer. Yo no te prohíbo nada, pero debes ser más discreto. Por favor, respétame.
 CLAUDIO:
– ¿De qué estás hablando?
ISABEL:
–No te hagas el tonto ¿Puedes explicarme dónde encontraste perfume de mujer?
CLAUDIO:
 –Esas son imaginaciones de mujer embarazada (husmea) a mí no me llega ese olor. (Percibe el olor y cambia de actitud) Sabes, debemos hacer un esfuerzo para mudarnos de esta casa. El niño no puede nacer aquí.
ISABEL:
–No digas disparates. El que tiene que dejar de estar buscando mujeres en la calle eres tú. ¿Por qué el niño no puede nacer aquí?
CLAUDIO:
–No me juzgues, por favor, este aroma de mujer es algo misterioso. LORENZO se fue enfermo, vino por dos horas y casi se muere.
ISABEL:
(Acariciándole el pelo) –Ya, dejemos el tema estoy segura de que todo estará bien.
Se escuchan pasos en el patio. Un hondo silencio invade la escena. ISABEL y CLAUDIO se miran a los ojos. Tocan la puerta, ISABEL va a abrir. Cuando abre la puerta aparece LORENZO, con un ademán le pide que haga silencio, entra y le da una palmadita a CLAUDIO, que tiene el rostro sobre la mesa. Se abrazan, como perdonándose mutuamente. LORENZO le entrega un libro. CLAUDIO lo toma con una sonrisa, como si viera un libro que ha releído. Se sientan. ISABEL los observa alegremente, pide permiso y va a la cocina.
CLAUDIO:
 –Yo pensaba que usted no iba a volver por aquí jamás.
Entra ISABEL con dos vasos de jugo, los pone sobre la mesa y sale en silencio.
LORENZO:
–He comprendido todo. Reflexioné sobre el mensaje de YANIRET y eso me hizo investigar acerca de la complejidad de la existencia. Sólo vine a traerle ese libro, tengo que irme a trabajar.
CLAUDIO:
 (Riendo) – ¿Qué bueno que lo entendió? Yo también lo había entendido.
LORENZO:
–Precisamente, anoche me preguntaba cómo usted no comprendía esto. (Se abrazan fuertemente como dos científicos que han hecho el más grande de los descubrimientos)
CLAUDIO:
–Seguiremos leyendo, Loy.
LORENZO:
 –Claro que sí.  Quisiera estar con ustedes al nacer el niño, pero tengo que viajar, usted sabe, cuestiones de negocio. Pórtese bien.
CLAUDIO:
–Le deseo que le vaya bien en su negocio. LORENZO:
–Muchas gracias, espero que ustedes también salgan sin problemas.
LORENZO se despide y sale de escena.
CLAUDIO:
(Leyendo) –Cuando tocamos insistentemente las puestas del miedo ahí está ella envolviendo en su sombra la alegría. ¿No han entendido que ella es sólo nombre? ¿Por qué temer al nombre de un fenómeno que ocurre en nosotros como en cualquier otro elemento de la naturaleza? Así como entendemos el ciclo del agua, los movimientos de la tierra… podemos entender algo tan sencillo como aquello. He decidido deshacer al temor para ir más allá de lo palpable y descifrar este mensaje. No es ni siquiera un viaje, es un fenómeno explicable por la ciencia, pero escondido en la inocencia. Sabemos que alguien ha llamado día a la luz y noche a la tiniebla. Muchos lo han entendido así, tan simple como se oye, pero otros entendieron por qué existe ese período oscuro y fueron capaces de inventar un dispositivo que lo ilumine. ¿No somos capaces de descubrir aquello que transforma cuerpos? ¿Por qué existen otros que en sus sueños quieren acortar la inexistencia?
Sale CLAUDIO. La escena se oscurece lentamente, hasta quedar en penumbra. Aparece YANIRET.
YANIRET:
–Envuelta en los sueños, he venido a los ojos de la confusión. Sí, soy esa sombra dibujada por los sueños. La que LORENZO dibuja en la pared cuando la noche trae en sus hombros las hazañas de la imaginación. Aquella que sentada en los cabellos ausentes de Sansón, hizo danzar sobre los cuerpos las paredes.
Las luces están apagadas. Un ambiente de madrugada invade la escena. ISABEL aparece dormida con una pierna sobre el cuerpo de CLAUDIO, esto hace que la escena parezca un poco erótica –es sólo parte de la costumbre que tienen algunas mujeres de dormir con las piernas sobre su marido. – ISABEL despierta de súbito, revisa todo el cuarto con lívidas miradas. Completamente confundida, se pasa la mano por la cara como quitando de ella el misterio que ofusca todo el ambiente.
 ISABEL:
 –Dios mío, y qué es lo que me está pasando. Ni yo misma entiendo en qué lugar estoy. (Despertando a CLAUDIO) CLAUDIO, CLAUDIO, Por favor no te hagas el dormido.
CLAUDIO:
 – ¿Qué pasó?
 ISABEL:
 –Es mejor no decirte nada, estoy segura de que no lo vas a creer. CLAUDIO: (con sueño) –¿Un sueño verdad? No sé hasta dónde vamos a llegar con los malditos sueños. Será el hambre que no deja dormir a la gente. ISABEL: –No. No fue un sueño. Te juro que no era un sueño. Escúchame, por favor.
 CLAUDIO:
– ¿Y entonces qué es? Dime.
 ISABEL:
 – ¿Tú te acuerdas…?
CLAUDIO:
– ¿De qué?
 ISABEL:
 – ¿De aquella casa solitaria que vimos cuando nos perdimos en la montaña?
CLAUDIO:
– ¿En Yamasá?
ISABEL:
 –Sí.
CLAUDIO:
–No quiero acordarme de esa casa. Me da pesadillas.
ISABEL:
 –El pilón, los pasos de la lluvia sobre las hojas, los cantos de los gallos, el desesperado vuelo de las gallinas. Los murciélagos volando alrededor de nuestros cuerpos cuando intentamos abrir la puerta. Los dos ancianos dormidos acariciados por ratones…, eso mismo fue lo que vi. Ahí estaba yo solita. Andaba contigo, fui a buscar chinola, tú me dijiste que no saliera, que podía perderme, pero de todos modos salí. Cuando regresé ya tú no estabas ahí, sólo estaba tu ropa. Allí también había una mariposa con tu nombre inscrito en una de las alas.
CLAUDIO:
– (Asustado) Puedes hacerme el favor de callarte.
ISABEL:
–No. No puedo callar algo tan horrible. Si te sigo contando cosas, sales huyendo de aquí.
CLAUDIO:
–Pues entonces no sigas.
 ISABEL:
–Aun estando despierta, esas imágenes se quedaron en mi vista.
Seguía viendo ese extraño paisaje. Se alejó de mi vista cuando tú despertaste. Mientras me encontraba en aquella casa se escuchaban gritos y mujeres cantando y rezando. Donde estaba la mariposa con tu nombre. No se podía soportar un extraño olor a flores. Jamás quisiera visitar esos lúgubres lugares. Los ancianos que dormían sobre las secas hojas de plátano eran tan extraños que no quiero recordarlos.
CLAUDIO:
 –Son objetos de la naturaleza, no sé por qué te pones así. Tú no dices que Dios puso al hombre sobre todas las cosas creadas. Ahora ¿Por qué le temes?
 ISABEL:
–Entiéndeme, esas cosas no eran naturales.

 CLAUDIO:
–Cuando la oscuridad tiende sus brazos sobre el paisaje, los hombres le temen, pero cuando llega la luz pierden el temor.
 ISABEL:
– ¿Y la mariposa? ¿De dónde salió esa mariposa?
CLAUDIO:
–Cuando yo era niño jugaba con las mariposas, aunque dañaban las naranjas, nadie las mataba, ahora tú quieres hacer un mito con una simple mariposa.
 ISABEL:
–No era una simple mariposa, tenía el tamaño de un halcón, supe que era una mariposa por su forma, no por su tamaño. ¿Y por qué tenía que llevar tu nombre inscrito?
CLAUDIO:
 –Quizás un niño con ese mismo nombre la tomó para jugar y escribió su nombre en una de sus alas. No hay que ahogarse en una gota de agua.
 ISABEL:
–Tú jugabas con mariposas normales. Aquella no era normal. Si tú la vez ahora mismo sales huyendo. Sé que no vas a soportar. Las letras de tu nombre cambiaban de color.
CLAUDIO:
–Como los letreros de la ciudad, ¿por qué debo de temer a un letrero de neón?
ISABEL:
 –Ya deja de jugar. Estoy hablando de un letrero en las alas de una mariposa. Siento que algo grande va a suceder.

CLAUDIO:
(Reflexionando) – ¿Por qué esa maldita mariposa llevaba mi nombre en sus alas? (Con saña) Si la veo le quito las alas. La convierto en un miserable gusano.
 ISABEL:
– ¿Cómo la vas a ver si era un sueño?
CLAUDIO:
–Bueno, pues si era un sueño, que no se hable más de mariposas.
La escena se va oscureciendo lentamente, CLAUDIO La abraza y se acuestan. Quedan de la misma forma que estaban al principio de la escena.
 OSCURO

En el mismo lugar un poco más tarde. ISABEL y CLAUDIO están los dos sentados. CLAUDIO le acaricia el vientre, trata de imitar la voz del niño, le dice algo. ISABEL lo abraza emocionada
ISABEL:
 –Ay, mi amor, yo pensaba que tú no lo querías. CLAUDIO: –Claro que lo quiero ¿no es mi hijo? Tú no puedes decir eso, porque me paso los días hablándole a esa criatura. ISABEL: –Es que tú eres tan seco con él (soñadora) cuando ese niño comience a decir papá, yo me imagino cómo te sentirás.
 CLUDIO:
 (Besándola) –Pronto llegará ese momento. Yo no soy adusto con el niño ni contigo, lo que sucede es que tú quieres estar siempre conmigo y yo necesito salir a hacer las diligencia (Se queda mirándola detenidamente , le acaricia el pelo) ven acá, ¿ y qué fue lo que te sucedió esta madrugada?

ISABEL:
–Yo no terminé de contarte, pero no hablemos de ese asunto, por favor.
CLAUDIO:
–Termina, sígueme contando.
 ISABEL:
–Para morirte de miedo. Es mejor que nos olvidemos de todo lo sucedido y empecemos una nueva vida.

CLAUDIO:
 –No, ya no importa. Es que tú despiertas a uno de madrugada con esas locuras…cualquiera se asusta.
 ISABEL:
 (Riendo) –aprensivo, yo sabía que tú tenías miedo.
 CLAUDIO:
–Tú también. Hazme el cuento ya, aprovéchame ahora que quiero escuchar tus nimiedades. ISABEL: –Sin ofensas, negro (hay una pequeña pausa, ISABEL se prepara sicológicamente para contar el sueño)…cuando salí de la casa solitaria me senté sobre una piedra grande, mi mirada se perdía en una extensa sabana cultivada de plantas ornamentales, las cuales estaban todas a una misma altura, como si un batallón de jardineros hubiesen acabado de podarlas. Yo observaba detenidamente aquel enorme jardín, dividido por el río más bello que ha existido. Tú estabas del otro lado. Ambos llorábamos, queríamos estar juntos, pero ninguno podía cruzar el río. Muchas personas querían cruzar para estar con sus familiares, pero tampoco podían lograrlo. Del lado que yo estaba había personas que yo conocía. En el mismo sueño pude recordar que todos habían muerto, eso me provocó una tremenda pesadilla.
CLAUDIO:
(Que escuchaba atentamente a ISABEL) – ¿Ya terminaste? Ese si no me gustó para nada.
ISABEL:
–A mí tampoco me gustó.
 CLAUDIO:
(Triste) –Me recuerda esos viejos cuentos que hacía mi abuela para dormirnos y cuando dormíamos no soportábamos las pesadillas. ISABEL: (Lo besa) –Ya, mi amor. No te preocupes, es sólo un sueño.
 CLAUDIO:
–Anoche cuando estaba a punto de dormirme, una voz me dijo al oído: “lleva esa mujer al hospital”, cuando miré asustado tú estabas bien.
SABEL:
– ¿Cómo, hablas en serio?

CLAUDIO:
–Claro que sí. Me quería dar pesadilla y me senté en la cama.
 ISABEL:
–Bueno, nada de hospital. Tengo un dinerito ahorrado y es para comprar tu ropa de navidad.
 CLAUDIO:
–Pero ahí hay ropa que yo ni siquiera me pongo.
ISABEL:
–Esa ropa está muy vieja. Después que nos casamos no has comprado nada nuevo. “Año nuevo, ropa nueva”.
 CLAUDIO:
–Esa frase me recuerda los años de la primaria. Todos cambiábamos las mochilas y los uniformes. Pero debes saber que tu salud va primero.
ISABEL:
 (Le da el dinero) –Tú compras la ropa, que lo demás aparece después. Me parece verte con esa ropa nueva. (Romántica) zapatos negros, pantalón negro, camisa crema. El verdadero hombre que yo conocí. No enamores a las jovencitas, galán.
CLAUDIO:
– ¿Qué te sucede?
ISABEL:
–Nos conocemos. Sé que quisieras estar con alguien que se vea mejor (mira hacia su vientre)…ya vete a comprar la ropa.
CLAUDIO:
– ¿Dónde voy a comprarla?
ISABEL:
 –No me importa donde vayas. Sólo sé que tienes que comprar algo nuevo para esta noche. Quiero que luzcas impecable. ¿Qué tal un traje blanco?
CLAUDIO:
 – ¿Por qué no te callas, mujer? Siempre te he dicho que no me gusta vestir de blanco y mucho menos en navidad. Si no quieres que te devuelva tu dinero, no me sigas haciendo tus estúpidas propuestas.
 ISABEL:
(Tratando de convencerlo) –Es sólo por esta noche. Tal vez sea la última que pases conmigo. Quiero que hoy te veas bien aunque yo esté muerta.
CLAUDIO:
–Pero cómo se te ocurre que yo vista de blanco un día de navidad. Y no quiero volver a oírte hablar de muerte en esta casa. ISABEL: (Soñadora) –Negro con verde te queda hermosísimo. Eso me recuerda la noche que nos casamos. (Cambiando de actitud) no, no quiero recordar ese color. Sabes, no puedo olvidar ese sueño. Aquella verde madrugada arropando el cementerio. Todavía no comprendo cómo un río puede dividir dos ciudades tan hermosas construidas en un cementerio. Es difícil soportarlo, ver las personas que tanto quise y no poder estar junto a ellas.
CLAUDIO:
–Por favor, no sigas con los horribles sueños, ya no tengo otra forma de decirte que estoy cansado de escuchar tus pesadillas.
 ISABEL:
–Deberías de escucharme, porque siento que no vamos a pasar otro día junto, las nubes en el cielo se regocijan esperando mi llegada. Todo está diferente, este parece mi último día en la tierra. Además, no era una pesadilla, quería seguir observando aquel hermoso paisaje, un río tan tranquilo y obediente que no arrastraba ni una hoja. Su único papel era dividir las dos ciudades.
CLAUDIO:
–Pero tú acabas de decir que no quieres recordar esos colores. ISABEL: –Ahora porque sé que aquel paraíso no era real.
 CLAUDIO:
– (Riendo) Bueno, nos mudaremos para allá. (Observa a ISABEL que se está cayendo de la silla. La escena va oscureciendo lentamente) ¿Qué te sucede? Luces totalmente diferente. Has cambiado de color.
 ISABEL:
(Sin ánimo) –Tú estabas bromeando, nunca pensaste que esto era en serio siento que algo me traslada al lugar que vi anoche. Qué lástima que no puedes venir conmigo. Te amo CLAUDIO.
 CLAUDIO:
 (Casi llorando) –Estás alucinando, ya te vas, te dije que dejaras los malditos sueños tranquilos. Has dejado de existir. El tiempo acaba de agonizar en tu nombre, volverá a ser eterna después del viaje. No temas. Te has liberado de minutos y de sueños.
 Se escucha música, ISABEL se agarra el vientre desesperadamente. Queda totalmente desmayada, no puede caminar, agarra la mano derecha de CLAUDIO, no lo quiere soltar, él se la lleva en los brazos. La escena se torna oscura. Luego aparecen ISABEL y YANIRET paseándose por el escenario cada una con su niño en los brazos. Se miran emocionadamente y se muestran los niños con alegría.
 TELÓN
                                                                                                            Hermes De Paula